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27 marzo, 2013

MI CUENTO DE HADAS

por chilemexico

Por María Eugenia Torres Arias

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¡Se acabó!… Exclamo mientras contemplo un extraño rostro con pequeños surcos en los ojos y la boca que me mira desde el espejo. Por las demacradas mejillas se deslizan silenciosas lágrimas. Descubro miles de canas entremezcladas en el desordenado pelo que cubre parte de esa cara melancólica, de irreconocible mirada de muerta en vida. Unas voces taladran mi mente repitiendo incansables: ¡Cobarde!… ¡Cobarde!… ¡Cobarde!… y sin querer rozo un porta retrato con una fotografía y desde ahí, una jovencita de hermosos y risueños ojos, dulce y tierna sonrisa, recargada en el brazo de un hombre alto, rubio, de ojos claros y gesto altivo, me devuelve la mirada. Con odio infinito lo estrello contra la pared.

         Aquí, esparcida por el piso entre añicos de cristal, está toda una vida de triunfos y fracasos, de evaporados ensueños e ilusiones así como las tiernas y amorosas promesas susurradas en tibios y perfumados atardeceres. Todo un extraordinario y muy bien elaborado cuento de hadas vivido en todo su esplendor, por una muchachita ilusa e inocente.

Hoy, el cuento de hadas ha terminado. Desde el piso, miríadas de estrellas de destellos multicolores proyectan mi triste realidad lacerando mi cerebro. La terrible verdad de mi fracaso y al mismo tiempo, la conciencia del eterno y constante ¡No! de toda una vida. ¡No, amor! ¡No, ilusiones!  ¡No, alegría!  ¡No, felicidad! ni príncipe encantado y muchísimo menos el reconocimiento al esfuerzo realizado por compartir el compromiso de vida de un “y vivieron para siempre felices”  y el inevitable “hasta que la muerte los separe”

Decidida me levanto. Saco del closet un juego de elegantes maletas color vino; brillantes, bien cuidadas, con las iniciales en bronce L. P. A. Luis de la Portilla y Abascal. ¡Tus iniciales! Empiezo a llenarlas con ropa sin preocuparme en doblarla, y me remonto a otra  época y a otra historia.

Un automóvil negro, adornado con enormes moños blancos, azahares, azucenas, lilas y alcatraces, se desliza suavemente rumbo al aeropuerto.  Estás pálido, con los ojos ojerosos y cerrados. Mudo. Arrinconado en el lujoso asiento del auto. Tomé tu mano y lentamente la retiraste ––Pobre ––pensé–– debe estar cansado, anoche fue su despedida de soltero. Sonreí con ternura y te dejé descansar.

         La llegada al aeropuerto fue toda excitación. Puertas que se abren y se cierran, gritos, mozos arrebatando los equipajes y entonces fue que protestaste por el maltrato a tus maletas, las de finísima piel color vino, nuevas, relucientes, delicadas y con tus iniciales en bronce, regalo de tu tía consentida, la rica, la siempre bien vestida y alhajada tía Clara. Las “famosas maletas”, que tanto has cuidado, y mucho mejor que a mí, y que nos han acompañado durante quince agotadores e interminables años.

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