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15 enero, 2013

TEMUCO, cuento de Marco Aurelio Larios

por chilemexico

puertaabierta

TEMUCO

(publicado en antología “De Moctezuma a Los Andes”)

Lucila

No había querido esperar en Punta Arenas, y con el temperamento tenaz que se le marcaba en sus treinta años cumplidos, se subió a un pequeño barco pesquero para abandonar por siempre la región Antártica. Salir de los escollos de islas que franquean el Estrecho de Magallanes rumbo al norte. “A lo menos sur del sur”, pensó en su patria confinada en la tierra del fin del mundo, olvidada por Dios y los hombres. No estaba satisfecha de haber obtenido el título honorífico de Profesora de la Lengua Castellana, por el entonces ministro de Educación, pues no sabía si la honraba o la despreciaba. Cierto, apostaba por su vocación de maestra de niños pero en la Escuela Normal de su ciudad natal Vicuña, en la parte norte del país, no la habían admitido porque las ideas en sus escritos eran “sin presencia de Dios y rebeldes socialmente”. Ella se justificaba: escribía para ordenar su pensamiento y decir lo que, por su condición de mujer, debía callar. Convalidó sus conocimientos a los veintiún años en la capital por su experiencia como maestra rural, empeñada en alfabetizar a niños y adultos, pero sus colegas la ningunearon. Por eso, no tuvo temor de esos hombres ferales que viven peleando la vida a las aguas gélidas del mar pacífico, el que poco lo es en esos lares. Habló con el capitán de la tripulación y saltó a cubierta ante la mirada lujuriosa de esos pescadores brutos, incultos, que la vieron de los pies hasta la cintura para intuir sus formas de hembra plena, cubierta de faldas y abrigo, y de zapatos cerrados, sin el encanto de las mujeres de Santiago: no afeites, no fragancias, no vestidos bonitos ni provocadores aderezos. “¡Jamás!”, ella no era así. Finalmente, ser directora del Liceo de Niñas en aquel confín más le parecía castigo que premio. Terminó por sostenerle la mirada al más torvo de los pescadores y le amansó sus deseos. Lo importante era llegar rápido a Temuco, “Tierra Firme, según Colón, el descubridor de lo que ya existía sin él”.

El barco pesquero se acercó a la playa frente a la desembocadura del río Saavedra y el torvo pescador la llevó, humilde, hasta que la lancha tocó arena. Ella no descendió sin estar segura de que no pisaría la mínima agua del mar. Aceptó la mano tosca y firme, y permitió que viera más allá de su zapato: una gruesa media de algodón que figuraba su pantorrilla. Cuando balbuceó unas palabras de despedida, ella le dio un papel. Le había escrito algunos versos que recordaba de memoria de su poema “Muerte del mar”: Se murió el mar una noche, de una orilla a otra orilla / Los pescadores bajamos a la costa envilecida / … el mar nunca fue nuestro / Talassa, viejo Talassa, … si fuimos abandonados, llámanos a donde existas. Y le extendió su mano ya sin guante para agradecerle. La playa lucía sola y sin caminos para avanzar. Ella se fue sin volver la vista al hombre y a su mar, con la esperanza de hallar pronto un guía que la condujera a Temuco. Pensó: “Debí enseñar a ese hombre a leer antes de darle ese papel”. Amanecía y a lo lejos se divisaba el caserío de Puerto Esperanza, nada más cruzando el río.

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