Posts tagged ‘cuentos’

24 mayo, 2013

Yo, el indio

por chilemexico

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José Santana Prado

Así dicen por allí, que yo, el indio, no tengo alma y que apenas merezco vivir, porque soy analfabeta, no cristiano y nacido en América morena. ¡Y qué! Si yo nací aquí no en la fanática Sefarad o en la adamada Europa.  Nativo de América y con orgullo amerindio, pues soy de sangre y alma  de águila que me remonto a las alturas para observar mis tierras, y regar desde las nubes la milpa. Fui hecho de maíz con chile, de fríjol y nopal mezclado con pulque pa’ tener más valor.

¿Y tú piensas que porque  soy corto y taimado al hablar, soy tonto, inconsciente, vendido y cobarde, a pesar de que  no tengo ropas finas, no me baño seguido y camino descalzo, no me entero que abusas de mí, sólo  porque vivo lejos allá en la montaña o en la selva o escondido en el río para evitar tu roce?

 Yo no nací cuando las campanas repican sino cuando el tecolote canta. Ni nací cuando te llevan con el hombre de blanco, que te forza a salir de tu madre con fierros y sopores para que no sienta dolor de parto la mujer que te parió. Y con algodones perfumados me limpien la sangre y la placenta que me dio la vida por vez primera allí dentro de la panza de mi nana.

Mírame, soy moreno de pelo largo y camino con los pies  descalzos, Soy indio ¿y qué? parido en América latina, aquí en mi Mesoamérica querida, en la selva Lacandona o en el Nayar, o hijo del Yaki y del Mayo o del Tarahumara  y del Huichol que me vieron aquí nacer.

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14 mayo, 2013

Tres microrrelatos de Juan Mireles

por chilemexico

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Los extraños

Y dicen amarse cuando caen los besos y estos hablan y dicen, se sonríen con esas bocas alargadas a pincel; el vino fluye, la noche es tarde y se hace mediodía, siguen conociéndose mientras caminan y las manos se juntan, principia el coqueteo y la timidez; los ojos nerviosos ven y no, entre miradas se llaman, risas nerviosas de los dos; luego se alejan en dirección contraria; ella mira el lago, él trota por el parque, regresa el frío y es la mañana amoratada, arboleda vacía.

Atardecer

Disfrútame en este atardecer que ya mancha de un naranja seco mi rostro. Ve cómo el fatigado sol me acaricia apenas, con su cara cascada resbalando por mis pómulos, dividiendo en dos partes al que te ama. Acércate, besa mis labios ansiosos, palpitantes, ávidos de ti: te buscan desesperados; pero antes siento tu mano fresca, húmeda; te derrites al toque con mi cuerpo, como río embravecido escurres por tus brazos que son cuencas en las que te deslizas hasta llegar a la palma de mi mano, para quedarte allí, esperando que yo cierre el puño y te vayas conmigo, al otro lado, al cielo o al infierno: importa poco el destino, pero apresúrate, que la sangre que mana de mi estómago ya me ha llegado a los pies, y cada vez es más difícil darme cuenta de quién eres.

A las puertas del paraíso

La comunicación entre la Nada y yo es meramente sensitiva, como si fuéramos un algo con axones y mediante los impulsos energéticos iniciáramos la conversación. Y dice, mediante pulsos abstractos azulados, que allí donde ella habita no hay sufrimiento, porque es el paraíso. Dudo, pero el algo que soy se inquieta, me impulsa a decirle a la Nada que me lleve a conocer ese lugar que es mi esperado nirvana donde se fuga el cuerpo junto con todo lo conocido. La Nada, con su infinita bondad lanza otro piquete energético que es un sí piadoso: no pide nada a cambio: ¡misericordiosa! “Llévame” le digo con lo poco que me queda de boca y que lo que soy transforma mi lenguaje vulgar en pulso energético ¡y la Nada pletórica de contento me abraza con amor de madre primeriza, me llena de besos sensitivos entre ondulaciones amarillas, blancas y azules! Qué maravilla…

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30 abril, 2013

EL PALMA, cuento de Marianela Puebla

por chilemexico

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EL PALMA

 

 

Te encuentras en un estado lamentable y todo por testarudo.

Todavía recuerdas a Eduardo, tu hermano, cuando te dijo que no fueras a ese rancho, que estaba maldito, pero tú ni caso le hiciste, ya tenías la mente programada, irías  de todas maneras con Juan Carlos y Pablo.

Estaban de vacaciones, cada día debería ser una nueva aventura, por eso concebiste esa idea, cuando Palma, el pordiosero y loco del pueblo, enfadado con ustedes tres,  les apostó a encontrarlo esa noche en el rancho abandonado.

Te reíste de él, y le respondiste sin consultar a tus amigos que sí, que no le temían a nada, que allá lo encontrarían. Cuando el hombre se fue, miraste el rostro de tus amigos, ellos ya no reían, permanecían lívidos, y una vez que salieron de su estupor, te reprocharon la osadía ridícula de involucrarlos en esa extraña aventura, mientras a lo lejos el Palma, lanzaba  risotadas e improperios volteándose varias veces  a mirarlos y les apuntaba con un palo.

Todos los días el Palma, (así le llamaban) bajaba al pueblo cargando una bolsa negra con sus pertenencias, un peso que lo hacía caminar con dificultad, además de tener un  pie torcido que le  menguaba  la marcha, producto de una quebradura mal tratada. El hombre recorría las calles riendo, otras veces hablando en voz alta y discutiendo con personajes de su imaginación que lo perseguían por doquiera. Y para más, ese día tuvo el encuentro con ustedes y se agregaron a su lista de personas que lo hacían  vociferar a diestra y siniestra.

Ustedes gozaban contestando cada grosería del pordiosero, hasta que Miguel, el policía, les espetó duramente un sermón, sin embargo,  te atreviste a desafiarlo. En tu mundo de adolescente todo era divertido, hasta esa noche.

Mucho antes de la hora citada, colocaste en tu mochila una linterna y algunas otras cosas que creíste podrían servir. Cerca de la medianoche escapaste por la ventana de tu cuarto mientras tus padres dormían. Cruzaste el parque Juárez que lucía solitario rodeado de sombras que reptaban el suelo cada vez que la brisa movía los  frondosos árboles. En lo alto la luna con su media cara, iluminaba tus pasos jugueteando por entre las ramas. Las lechuzas te seguían con sus ojillos rodeados por grandes círculos radiales de plumas  y de vez en cuando lanzaban  sonidos que parecían seseos. Pronto llegaste al barrio de la Normal y avanzaste decidido hasta llegar a la calle Vasconcelos  número catorce, suavemente golpeaste la ventana del cuarto de Juan Carlos y éste salió a tu encuentro sigiloso portando una mochila parecida a la tuya. En el  diecisiete  de la misma calle silbaron la señal acordada y Pablo escapó  cuidadosamente de  casa de su hermana  Ibis, en donde pasaba sus vacaciones.

Tenían dos días de diversión; el Día de los Muertos y el de Todos los Santos. El primer día lo pasaron en el centro, visitando  altares muy llamativos y tumbas construidas en la plaza principal, comieron pan de muerto y  tomaron chocolate caliente que el Ayuntamiento ofrecía a todo el que pasaba por allí. Compraste unas calaveritas de azúcar y tuviste que acompañar a la abuela al panteón a pesar de que no te gustaba ese lugar. El segundo  día ha sido muy diferente, lo has pasado en cama.

En la tarde del Día de los Muertos, tuvieron el incidente con el Palma, y la decisión de ir a su encuentro a la medianoche. Una vez reunidos, ordenaste con voz imperativa que era hora de irse, los otros dos te miraron sorprendidos. ¡Cállate güey  o vas a despertar a los vecinos!

 

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4 abril, 2013

RODRIGO, MI PAY DE LIMÓN Y YO, cuento de Ruth Pérez Aguirre

por chilemexico

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RODRIGO, MI PAY DE LIMÓN Y YO

                                                                              

 

      -Rodrigo, ¿cómo estás? Te espero a las ocho con un pay de limón, ¿puedes? –Dijo Lucía con voz sensual, con la esperanza de verlo de nuevo después de no haberla llamado durante una semana.

-Si es sólo para el pay, cuenta conmigo; no dispongo de tiempo para quedarme a cenar. Más tarde debo ir a una junta de negocios.

De un tiempo a esta parte, siempre tenía una excusa para no quedarse a pasar la noche; pero Lucía no estaba dispuesta a terminar una relación de más de tres años sin haberle dado motivo alguno. Esta vez lo haría recapacitar. Iba a prepararle su postre favorito: pay de limón. Pensó en comprar flores, poner la música que a él le gustaba y crear un ambiente incitante al amor.

A él le gustaba que el pay estuviera recién preparado pero a la vez muy frío. Salió a comprar los ingredientes frescos. No pensó hacerlo aprisa sino con calma para que le quedara como nunca. Tampoco iba a usar la base comercial que se vende en todos los supermercados, la haría con galletas de vainilla de una marca muy fina y las mezclaría con unas pocas de chocolate. Decidida a usar huevos frescos, no le importó atravesar casi toda la ciudad con tal de llegar hasta una pequeña tienda de productos de granja. Ahí los huevos eran muy caros pero las claras resultaban esponjosas y las yemas de un hermoso color dorado. También compró la mantequilla y los limones grandes y jugosos, con semillas, no los de injerto.

Vio que se estaba haciendo tarde, así que en cuanto llegó decidió que no iba a comer para empezar enseguida. Trituradas las galletas, las mezcló con la mantequilla que había suavizado; cuando estuvo lista la base puso a licuar el jugo de limón, la leche condensada, la crema y el licor. Batió las claras a punto de turrón sin olvidar que a Rodrigo le gustaba más el merengue cuando le ponía una cucharada de agua helada en vez de vainilla.

 

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27 marzo, 2013

MI CUENTO DE HADAS

por chilemexico

Por María Eugenia Torres Arias

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¡Se acabó!… Exclamo mientras contemplo un extraño rostro con pequeños surcos en los ojos y la boca que me mira desde el espejo. Por las demacradas mejillas se deslizan silenciosas lágrimas. Descubro miles de canas entremezcladas en el desordenado pelo que cubre parte de esa cara melancólica, de irreconocible mirada de muerta en vida. Unas voces taladran mi mente repitiendo incansables: ¡Cobarde!… ¡Cobarde!… ¡Cobarde!… y sin querer rozo un porta retrato con una fotografía y desde ahí, una jovencita de hermosos y risueños ojos, dulce y tierna sonrisa, recargada en el brazo de un hombre alto, rubio, de ojos claros y gesto altivo, me devuelve la mirada. Con odio infinito lo estrello contra la pared.

         Aquí, esparcida por el piso entre añicos de cristal, está toda una vida de triunfos y fracasos, de evaporados ensueños e ilusiones así como las tiernas y amorosas promesas susurradas en tibios y perfumados atardeceres. Todo un extraordinario y muy bien elaborado cuento de hadas vivido en todo su esplendor, por una muchachita ilusa e inocente.

Hoy, el cuento de hadas ha terminado. Desde el piso, miríadas de estrellas de destellos multicolores proyectan mi triste realidad lacerando mi cerebro. La terrible verdad de mi fracaso y al mismo tiempo, la conciencia del eterno y constante ¡No! de toda una vida. ¡No, amor! ¡No, ilusiones!  ¡No, alegría!  ¡No, felicidad! ni príncipe encantado y muchísimo menos el reconocimiento al esfuerzo realizado por compartir el compromiso de vida de un “y vivieron para siempre felices”  y el inevitable “hasta que la muerte los separe”

Decidida me levanto. Saco del closet un juego de elegantes maletas color vino; brillantes, bien cuidadas, con las iniciales en bronce L. P. A. Luis de la Portilla y Abascal. ¡Tus iniciales! Empiezo a llenarlas con ropa sin preocuparme en doblarla, y me remonto a otra  época y a otra historia.

Un automóvil negro, adornado con enormes moños blancos, azahares, azucenas, lilas y alcatraces, se desliza suavemente rumbo al aeropuerto.  Estás pálido, con los ojos ojerosos y cerrados. Mudo. Arrinconado en el lujoso asiento del auto. Tomé tu mano y lentamente la retiraste ––Pobre ––pensé–– debe estar cansado, anoche fue su despedida de soltero. Sonreí con ternura y te dejé descansar.

         La llegada al aeropuerto fue toda excitación. Puertas que se abren y se cierran, gritos, mozos arrebatando los equipajes y entonces fue que protestaste por el maltrato a tus maletas, las de finísima piel color vino, nuevas, relucientes, delicadas y con tus iniciales en bronce, regalo de tu tía consentida, la rica, la siempre bien vestida y alhajada tía Clara. Las “famosas maletas”, que tanto has cuidado, y mucho mejor que a mí, y que nos han acompañado durante quince agotadores e interminables años.

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