MI CUENTO DE HADAS

por chilemexico

Por María Eugenia Torres Arias

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¡Se acabó!… Exclamo mientras contemplo un extraño rostro con pequeños surcos en los ojos y la boca que me mira desde el espejo. Por las demacradas mejillas se deslizan silenciosas lágrimas. Descubro miles de canas entremezcladas en el desordenado pelo que cubre parte de esa cara melancólica, de irreconocible mirada de muerta en vida. Unas voces taladran mi mente repitiendo incansables: ¡Cobarde!… ¡Cobarde!… ¡Cobarde!… y sin querer rozo un porta retrato con una fotografía y desde ahí, una jovencita de hermosos y risueños ojos, dulce y tierna sonrisa, recargada en el brazo de un hombre alto, rubio, de ojos claros y gesto altivo, me devuelve la mirada. Con odio infinito lo estrello contra la pared.

         Aquí, esparcida por el piso entre añicos de cristal, está toda una vida de triunfos y fracasos, de evaporados ensueños e ilusiones así como las tiernas y amorosas promesas susurradas en tibios y perfumados atardeceres. Todo un extraordinario y muy bien elaborado cuento de hadas vivido en todo su esplendor, por una muchachita ilusa e inocente.

Hoy, el cuento de hadas ha terminado. Desde el piso, miríadas de estrellas de destellos multicolores proyectan mi triste realidad lacerando mi cerebro. La terrible verdad de mi fracaso y al mismo tiempo, la conciencia del eterno y constante ¡No! de toda una vida. ¡No, amor! ¡No, ilusiones!  ¡No, alegría!  ¡No, felicidad! ni príncipe encantado y muchísimo menos el reconocimiento al esfuerzo realizado por compartir el compromiso de vida de un “y vivieron para siempre felices”  y el inevitable “hasta que la muerte los separe”

Decidida me levanto. Saco del closet un juego de elegantes maletas color vino; brillantes, bien cuidadas, con las iniciales en bronce L. P. A. Luis de la Portilla y Abascal. ¡Tus iniciales! Empiezo a llenarlas con ropa sin preocuparme en doblarla, y me remonto a otra  época y a otra historia.

Un automóvil negro, adornado con enormes moños blancos, azahares, azucenas, lilas y alcatraces, se desliza suavemente rumbo al aeropuerto.  Estás pálido, con los ojos ojerosos y cerrados. Mudo. Arrinconado en el lujoso asiento del auto. Tomé tu mano y lentamente la retiraste ––Pobre ––pensé–– debe estar cansado, anoche fue su despedida de soltero. Sonreí con ternura y te dejé descansar.

         La llegada al aeropuerto fue toda excitación. Puertas que se abren y se cierran, gritos, mozos arrebatando los equipajes y entonces fue que protestaste por el maltrato a tus maletas, las de finísima piel color vino, nuevas, relucientes, delicadas y con tus iniciales en bronce, regalo de tu tía consentida, la rica, la siempre bien vestida y alhajada tía Clara. Las “famosas maletas”, que tanto has cuidado, y mucho mejor que a mí, y que nos han acompañado durante quince agotadores e interminables años.

Recuerdo el drama que organizaste y las recomendaciones que diste a los sorprendidos empleados de la aerolínea y que tú personalmente acomodaste el maletín de mano con todo cuidado, no fuera a maltratarse. La azafata me ayudó con el cinturón de seguridad. Intenté hablar contigo. Una caricia. No hubo respuesta ¿Estabas cansado? No lo supe entonces pero en ese momento se inició el principio del fin.  Comenzaba mi luna de miel.

         El frío,  enorme e impersonal vestíbulo del hotel, con sillones que nadie usa quizás por nuevos y mesitas con  lámparas de eterna luz malgastada en el brillante sol del trópico, sobre esteras multicolores que parchaban la frialdad del reluciente piso y los conserjes, con eficiencia de propina,  nos dieron la bienvenida.

El lugar lo escogiste lo más lejos posible, en donde fuera difícil que encontráramos algún conocido y hasta donde nuestro presupuesto lo permitió.  No podías darte el lujo de llegar a un hotel que no fuera de cinco estrellas ¡Qué diría la gente!. ¿Luis de la Portilla y Abascal aquí? ¿No que se irían a Hawai? ¿Qué tan mal anda de dinero? ¿Por qué no me percaté en ese momento de tu poca sensibilidad y falta de valores? Porque estaba locamente enamorada de ti y si me hubieras dicho que el sol no se ocultaría en cinco días te lo hubiera creído.

––Señor, ¿Desea ordenar una botella de Champaña antes de la cena?             ––preguntó el oficioso botones.

––No es necesario, gracias, la tomaremos durante la cena.

Le diste la propina correspondiente y en ese instante me percaté de algo insólito; por primera vez desde que nos conocimos estábamos solos los dos. ¿Coincidencia? No. Ahora sé que a propósito lo habías evitado. Jamás  te interesaste por mí.   Nunca me amaste.

         Un sudor pegajoso dibujaba manchas en mi ropa.  Volvieron a mi memoria los consejos que todo mundo me obsequió cuando supieron que me casaba. Todo en secreto. Todo susurrado. Todo extraño. Todo a medias palabras. Deseos confesados con golpes de pecho entre barrotes de culpa. Lo desconocido, repudiado por sociedad, iglesia, familia. Temas que se evitaban porque “una señorita decente jamás  habla” y súbitamente, todas las amistades se enteraron a través de unas elegantes tarjetas blancas y doradas, que el l8 de abril tendría mi primera experiencia sexual.  Temblaba.  Tenía miedo… Tú ni cuenta te diste.

Me miraste y la manera de hacerlo aún después de tantos años, hace que un rubor incontrolable vuelva a cubrir mi rostro. No me gustó entonces y menos me gusta ahora que sé su significado. Tu desmedido afán de posesión ante cualquier mujer. ¿Por qué? ¿Avasallarme te hacía sentir más hombre? ¿Por satisfacer tu capricho y por un simple encuentro sexual destrozaste mi vida? ¿Sólo para satisfacer tu compulsión de dominio? ¿Por tu arrogante egoísmo te arrogaste el derecho de tomar sin pedir? ¿Qué buscabas? ¿Posición social? ¿Dinero? ¿Sin dar nada a cambio? ¿Engañando y mintiendo? ¿Sin ningún compromiso? ¿Siempre trepando sobre todos sin respetar intimidad, valores o deseos? Pero lo imperdonable fue que me hayas impedido obtener la calidad de vida a la que toda persona tiene el derecho y la obligación de buscar.

         En ese momento no entendí mis sentimientos. Me preguntaba una y otra vez si así era la intimidad de dos personas que se aman y no me gustó. Pero pensé‚ que así como yo me sentía confusa, vulnerable y aterrorizada -–¡Ilusa de mí!–- Tú estabas en las mismas condiciones. ¡Pero, qué va!  Solamente yo vivía mi cuento de hadas, la princesa en espera del príncipe amado. Escena recreada en mi mente una y otra vez. Olía el aroma de las flores, escuchaba una música inexistente, hasta llegué a sentir tus labios sobre los míos, el calor de tus manos y escuchaba las palabras de amor susurradas al oído… ¡Dios mío, cuánta estupidez!

         Con los tacones de mis zapatos pisoteé la foto en el suelo y un gruñido de animal herido salió de mi boca. En este momento te vuelvo a ver parado en medio del cuarto, satisfecho, arrogante; habías logrado lo que durante tanto tiempo perseguiste… tenerme a toda costa y esa farsa, esa parodia de matrimonio fue el precio que pagaste…  y a mí me sacrificaste.

         ¿Cuándo  hice consciente el sentimiento de ser para ti solamente un objeto sexual siempre disponible? ¿Cómo me di cuenta de que poco a poco había ido perdiendo los valores esenciales de vida y mi propia autoestima?  No lo sé,  pero ha sido mi obsesión desde el primer momento de intimidad, tu mirada y la manera de tomarme de ese odioso día. Tus ojos brillantes entrecerrados, labios apretados en una sonrisa de poder, tu agitada respiración, la fuerza incontrolable de tus manos sobre mi cuerpo sin importarte que me lastimabas física y en lo más profundo de mi ser… mi intimidad. Y que dolía… y que no era ni agradable ni placentero… y que no quería… ¡Así no! ¡No quiero!… Y ¡no quería!… ¡No quiero!… ¡No quiero! ¡No a la fuerza!

¿Dónde quedó el amor de las soleadas tardes de primavera? ¿Los dulces y tiernos besos robados al descuido de los chaperones? ¿En dónde las interminables pláticas de nimiedades? ¿O fueron monólogos de metas y sueños por realizar llenos de planes de una felicidad compartida? ¿De darlo todo para recibirlo todo?

         Las lágrimas estrenaron mi nueva experiencia de vida. Día con día vuelvo a recrear en mi mente los terribles momentos y me vuelvo a sentir vulnerable, manipulada, avasallada, sola e indefensa y aterrorizada, sentimientos que se han vuelto inherentes a mi ser y he vivido como conejo asustado que súbitamente se encuentra frente al cañón de una escopeta de caza, porque para ti, la vida ha sido eso, un inmenso coto de caza en donde la presa ha sido siempre… una mujer.

Recreo las puertas corredizas del balcón del hotel abiertas, desde donde percibo el curvado océano,  reverberando absorto en la contemplación del infinito.  La blanca arena salpicada de gente que espera pacientemente, las oscilantes espumas que danzan incansables y rítmicas al vaivén de las olas. El sol encargándose de abrillantar los colores y sombrear el paisaje de los cerros lejanos que cerraban la punta de la bahía.  Las gaviotas, pelícanos y los pequeños franciscanos daban el toque de pureza en el paisaje y entre tanto, mi alma rebosaba de dolor oscureciendo mi vista y aunque trataba de limpiarla con mis lágrimas, no concordaba la belleza del exterior con la muerte del espíritu. La experiencia vivida esa noche marcaría para siempre el resto de mi vida. Mi luna de miel había terminado.

         De un manotazo, seco mis lágrimas.  Sobre la impecable alfombra está  la maltratada fotografía y veo reflejarse en la padecería de cristales, ese regalo tan especial de tu consentida tía Clara, símbolo de alguien que ha triunfado en la vida por su posición social, más no por haber logrado encontrar la felicidad y que has conservado impecable y reluciente durante quince años, el impresionante juego de maletas con tus iniciales en bronce, de finísima piel color vino, que esperan a su dueño, porque esta noche y para siempre, abandona la casa.

3 comentarios to “MI CUENTO DE HADAS”

  1. La primera aparición en esta página de Maru, esperamos seguir contando con su colaboración. Una bellísima narración.

  2. Este cuento siempre me ha gustado por su temática, y celebro que lo compartas pues muchos se sentirán identificados con la trama.

    • Concuerdo contigo….es una narración que destila intimidad, y sentimiento, por lo tanto, será reflejo de muchas experiencias similares, logrando el objetivo primordial de un texto: saber llegar al receptor. Bienvenida Maru!

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