El difunto

por chilemexico

difunto

Por: Marianela Puebla.

Las comadres llegaron con los ojos anegados de lágrimas a velar al difunto, el compadre Luis. Éste sin decir pío, cayó muerto después de una larga borrachera. Doña Dolores, su esposa, ayudada por dos de sus hermanos, lo lavaron de pies a cabeza, como a un bebé, a pesar de que apestaba desde antes de morir. Lo vistieron con su mejor ropa y lo hicieron con mucho cariño y respeto. El difunto, lucía solemne sobre la mesa del comedor, con sus manos una encima de la otra, parecía dormir pacíficamente. Las comadres vestidas de negro, con un velo que les cubría el rostro, pusieron flores aromáticas alrededor del cuerpo sin vida de don Luis. Más tarde fueron llegando algunos vecinos y adornaron con flores blancas y lilas el resto de la mesa. Enseguida doña Dolores con una mueca de pesar, encendió los cirios traídos desde la capilla. Las sillas estaban dispuestas, pegadas a las paredes para dar más espacio, mientras la mesa con el difunto se encontraba en el centro de la pieza. Todo aquel que entraba se persignaba y tomaba asiento después de dejar algún ramo de flores cerca del muerto.

Un par de beatas lloronas hicieron su entrada en la pieza, dando abrazos y el pésame a todas las personas que allí se encontraban, comentando entre susurros que el difunto había  sido un buen hombre.

Dos pequeños de alrededor de seis y ocho años de edad, permanecían parados bajo el umbral de la puerta de calle y desde ese lugar contemplaban el cuerpo inerte del abuelo. – -Oye, Pancho, ¿el tata  se fue al cielo? Preguntó uno de los niños.

-Yo no sé, Kiko, mi mamá dice que el tata se embriagaba mucho y por eso no va a llegar nunca al cielo.

-¿Cómo es morirse?

-Mira, Kiko, yo creo que es como pegarse fuerte en la cabeza y quedar dormido, contestó Pancho muy seguro.

-Pero, yo me caí la otra vez y me pegué en la rodilla…

-¡Vos soi tonto! te dije que en la cabeza, no en la pierna,  queda un chichón y eso te hace dormir, no ves que eso fue lo que le pasó al cabro que murió en el río.

-¿Ese cabro se pegó en la cabeza, por eso se murió? ¡Oye, pero el tata no se cayó!

-¡Sí se cayó! vei que andaba tomao y los borrachos siempre se caen, se pegan en la cabeza, el tata, de seguro se cayó, la abuela dice que sintió un golpe, afirmó Pancho.

-¿Oye, Pancho, querí ir a jugar a la pelota?

-No puedo, mi mamá dijo que estuviéramos aquí, pues la gente nos puede dar monedas.

-Entonces,  me quedo porque quiero comprarme anteojos.

-¿Pa’ qué querí anteojos, soi tonto?

-Bueno, el tata tiene anteojos y mi mamá dice que me faltan los puros anteojos para parecerme a él.

-¿Oye, Kiko, por qué no esperai que se muera bien muerto el tata y le sacamos los anteojos?

-¿No se va a enojar? Preguntó Kiko con inocencia.

-¿Soi tonto? ¡Si está requete muerto! exclamó Pancho.

Las beatas  al ver llegar al cura del pueblo se aprestaron coquetamente a ofrecerle sus sillas, sin embargo éste les hizo una seña de que no las necesitaba. Luego las beatas tomaron su rosario y comenzaron a rezar en voz alta, el padre las miró y con un dedo sobre sus labios las hizo callar.

-Doña Dolores, en cuanto llegue más gente leeremos un salmo y haremos una misa en honor del difunto don Luis, que en paz descanse, anunció el cura. A la viuda se le llenaron los ojos de lágrimas.

-Sí padre, lo que usted diga, y luego preguntó ¿quiere usted servirse un cafecito o un coñac?

-Estaría bien, un coñac, claro, para el frío, contestó el cura sobándose las manos.

-Entonces, ya vuelvo padre Camilo, pase, pase, siéntese por favor, agregó la viuda y desapareció por el pasillo.

Al ver al padre tomar asiento, las beatas se acercaron con el pretexto de verificar si la silla era confortable, el cura les contestó que no se preocuparan y las hizo sentar junto a él. Dos sobrinos de don Luis portando los sombreros en sus manos tímidamente asomaron sus cabezas en la pieza fúnebre, las comadres muy atentas se levantaron a saludarlos y hacerles tomar asiento, pasen, pasen niños, vengan a dar sus respetos a su tío que en paz descanse. Luego se persignaron tornando los ojos al cielo.

Pancho y Kiko sonreían, ya habían recibido sus primeras monedas.

-¿Faltan hartos tíos y primos, no? La abuela dice que son como cincuenta y vienen de la ciudá, por eso la casa grande está arreglá pa’ la noche, aseguró Pancho con aire de que todo lo sabía.

-Yo no quiero dormir aquí, el Pato me dijo que al que se duerme, los fantasmas le pintan la cara, ¿es cierto?

-Kiko, tú no vai a dormir aquí, esto es pa’ los grandes, son los espíritus que pintan las caras.

-¿Y se la pueden lavar después? Yo no sé, a lo mejor quedan así pa’ siempre.

-Pero, ¿si se la lavan hartas veces? No me pregunti a mí, pero te digo que nosotros no vamos a dormir aquí, contestó Pancho.

Poco rato después, apareció doña Dolores portando una bandeja con vasitos llenos de coñac, sirviéndole a los presentes que se abalanzaron y dejaron la bandeja vacía. Las beatas al probar el licor se pusieron muy conversadoras y contentas y el cura tuvo que hacerlas callar apuntando hacia el cadáver de don Luis. Mientras ellas  avergonzadas se persignaban. Una de las hijas de doña Dolores ofreció café y sólo dos personas aceptaron, pero al pasar  junto al cura éste le pidió que le trajera otro coñac, “para el frío”. Más tarde llegó otro grupo de vecinos, y al final, los parientes venidos de la ciudad; con paquetes, bolsones, niños, flores y un montón de maletas llenando la casa.

El padre Camilo, inició la misa. Las beatas rezaron un rosario pidiendo por el alma de don Luis. Doña Dolores con el pañuelo enjugaba las lágrimas, mientras las comadres le sobaban el hombro en señal de conformidad. Terminada la ceremonia, el cura se retiró dando la bendición a todos los presentes.

La casa estaba repleta de gente que conversaba en los pasillos y  rincones.  Unos  se servían café con panecillos y otros tomaban un vino o un coñac. El tono de las conversaciones comenzó a subir, hubo algunos que contaban chistes y las carcajadas iban y venían; ya casi nadie se acordaba del difunto de no ser porque estaba en medio de la pieza. Varias botellas de vino y licor yacían vacías, se desocupaban como por encanto y de la cocina desfilaban las bandejas de bocadillos. Los niños contaban sus monedas esperando que llegara algún pariente rezagado y les pasara otras más.

El velorio se encontraba en su apogeo cuando de un de repente, el muerto se movió, sentándose en la mesa, miró con ojos desorbitados a la concurrencia mientras lanzaba los ramos de flores al suelo, sin entender qué pasaba; sólo se escuchó un: ¡Ay!, ¡Ave María! Y las beatas se desmayaron. Kiko se abalanzó a recoger los anteojos que el anciano había lanzado al aire. La abuela se tomaba el pecho. Dos parientes salieron despavoridos a la calle gritando “¡El muerto está penando!” Las comadres se abrazaban y persignaban pegándose en el pecho,  “por mi culpa, por mi culpa”. Las mujeres caían asustadas en las sillas y los niños lloraban sin entender nada. Cuando al final de tanto revoltijo don Luis pudo abrir la boca preguntó con voz casi de ultratumba:

 -¿Qué mierda estoy haciendo arriba de la mesa? y se bajó enseguida. -¿Qué carajos pasa aquí?  ¡Parecen ánimas del purgatorio!, y le arrebató una botella de vino a un cuñado, pronto se la bebió de un largo trago. Acto seguido limpió sus labios con el borde de su camisa y mirando a su mujer preguntó:

-¿De quién es la fiesta?

Doña Dolores no pudo más y cayó desmayada en los brazos de uno de sus hermanos. Todos quedaron con la boca abierta, sin poder recuperarse de tanta impresión. Más repuesto del susto uno de los cuñados, se acercó a don Luis y, burlonamente le dijo:

-La fiesta es en tu honor, te habías muerto hace tres días, y golpeando la espalda del cuasi difunto le agregó, -¡buena, cuñao!, ¡vamos a brindar ahora por la salud del resucitao!

Don Luis que antes tenía un rostro de sorpresa y luego de enojo, se echó a reír y pidió que pusieran música.

-¡Esto parece un velorio!, exclamó, y produjo una carcajada general. Las comadres se apuraron en recoger las flores, mientras la hija ponía  el mantel en la mesa. Al cabo  de unos minutos todo era muy normal y se festejaba como si nada hubiera pasado.

Kiko que había presenciado todo, quedó convencido  de que sólo fue  un golpe leve en la cabeza del abuelo y eso lo mantuvo dormido por un tiempo. Al día siguiente, la vida continuó como de costumbre y del hecho nadie comentó, salvo que al pasar unos años, don Luis, se murió dos veces más. Cuentan que doña Dolores lo velaba en la cama y que ponían vino, música y baile, así el anciano cuando despertaba después de tres días continuaba la fiesta.

 

4 comentarios to “El difunto”

  1. Muy simpático, Marianela! Trabajas bien los diálogos – se nota la experiencia- y ello facilita en mucho al lector para sentirse incorporado a esta escena del difunto que…no era tal!

    Saludos.

  2. Muchas gracia, Amandita por tu amable comentario, antiguamente en el campo se velaba a los muertos por tres días por si resucitaba. Cariños de Marianela.

  3. Francisca Avaria Muñoz
    18:21

    Muy bueno, como todo lo que escribe mi amiga y vecina. Muchos cariños Marianela.

  4. Gracias estimada Francisca por tu amable comentario, cariños de Marianela

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