Tres textos para recordar a Jaime Sabines

por chilemexico

 

 La poeta  Socorro Carranco, nos aporta una acertada selección de textos del gran poeta mexicano Jaime Sabines:

fotografía de sabines

 

He aquí que tú estás sola… 

 

 

 

He aquí que tú estás sola y que estoy solo.

Haces tus cosas diariamente y piensas

y yo pienso y recuerdo y estoy solo.

A la misma hora nos recordamos algo

y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya

somos, y una locura celular nos recorre

y una sangre rebelde y sin cansancio.

Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,

se me caerá la carne trozo a trozo.

Esto es lejía y muerte.

El corrosivo estar, el malestar

muriendo es nuestra muerte.

 

Ya no sé dónde estás. Yo ya he olvidado

quién eres, dónde estás, cómo te llamas.

Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,

una mitad apenas, sólo un brazo.

Te recuerdo en mi boca y en mis manos.

Con mi lengua y mis ojos y mis manos

te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,

a siembra , a flor, hueles a amor, a ti,

hueles a sal, sabes a sal, amor y a mí.

En mis labios te sé, te reconozco,

y giras y eres y miras incansable

y toda tú me suenas

dentro del corazón como mi sangre.

Te digo que estoy solo y que me faltas.

Nos faltamos, amor, y nos morimos

y nada haremos ya sino morirnos.

Esto lo sé, amor, esto sabemos.

Hoy y mañana, así, y cuando estemos.

 

 

 

 

Tía Chofi

 

 

Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,

pero esa tarde me fui al cine e hice el amor.

Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta

con tus setenta años de virgen definitiva,

tendida sobre un catre, estúpidamente muerta.

Hiciste bien en morirte, tía Chofi,

porque no hacías nada, porque nadie te hacía caso,

porque desde que murió abuelita, a quien te consagraste,

ya no tenías qué hacer y a leguas se miraba

que querías morirte y te aguantabas.

¡Hiciste bien!

Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos,

porque te quise a tu hora, en el lugar preciso,

y harto sé lo que fuiste, tan corriente, tan simple,

pero me he puesto a llorar como una niña porque te moriste.

¡Te siento tan desamparada,

tan sola, sin nadie que te ayude a pasar la esquina,

sin quien te dé un pan!

Me aflige pensar que estás bajo la tierra

tan fría de Berriozábal,

sola, sola, terriblemente sola,

Como para morirse llorando.

Ya sé que es tonto eso, que estás muerta,

que más vale callar,

¿pero qué quieres que haga

si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte?

 

Ah, jorobada, tía Chofi,

me gustaría que cantaras

o que contaras el cuento de tus enamorados.

Los campesinos que te enterraron sólo tenían

tragos y cigarros,

y yo no tengo más.

Ha de haberse hecho el cielo ahora con tu muerte,

y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido.

Nunca ha sido tan real eso en lo que tu creíste.

Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida

a todos. Pedías para dar, desvalida.

Y no tenías el gesto agrio de las solteronas

porque tu virginidad fue como una preñez de muchos hijos.

En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron tu vida

te repetías incansablemente

y eras la misma cosa siempre.

Fácil, como las flores del campo

con que las vecinas regaron tu ataúd,

nunca has estado tan bien como en ese abandono de la muerte.

 

Sofía, virgen, antigua, consagrada,

debieron enterrarte de blanco

en tus nupcias definitivas.

Tú que no conociste caricia de hombre

y que dejaste que llegaran a tu rostro arrugas antes que besos,

tú, casta, limpia, sellada,

debiste llevar azahares tu último día.

Exijo que los ángeles te tomen

y te conduzcan a la morada de los limpios.

Sofía virgen, vaso transparente, cáliz,

que la muerte recoja tu cabeza blandamente

y que cierre tus ojos con cuidados de madre

mientras entona cantos interminables.

Vas a ser olvidada de todos

como los lirios del campo,

como las estrellas solitarias;

pero en las mañanas, en la respiración del buey,

en el temblor de las plantas,

en la mansedumbre de los arroyos,

en la nostalgia de las ciudades,

serás como la niebla intocable, hálito de Dios que despierta.

 

Sofía virgen, desposada en un cementerio de provincia,

con una cruz pequeña sobre tu tierra,

estás bien allí, bajo los pájaros del monte,

y bajo la yerba, que te hace una cortina para mirar al mundo.

 

 

 

 *

*

*

 Me encanta Dios

 

 

Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.

Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida, sea para siempre.

Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang… Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.

Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.

Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.

A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.

*
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Jaime Sabines Gutiérrez,  poeta y político mexicano. Jaime Sabines es considerado uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX.
(25 de marzo de 1926 – 19 de marzo de 1999).

 

 

 

 

3 comentarios to “Tres textos para recordar a Jaime Sabines”

  1. Hermosos poemas, Jaime Sabines es uno de mis poetas preferidos, en su simpleza dice grandes cosas y me hace llorar. Gracias por este regalo, Que pena que se nos fue. Cariños de Marianela.

  2. Desde que se formó la agrupación, he tenido el agrado de leer a varios poetas mexicanos que me han fascinado: Sabines es uno de ellos, y junto a Rosario Castellanos, Dolores Castro y a Alí Chumacero han enriquecido mi visión de la poesía mexicana. Gracias Socorro por este valioso aporte!

  3. De mis poetas favoritos. Concuerdo contigo Marianela, pero lejos de que se le tome como “fácil” es muy complejo. Gracias Socorro

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