EL TRÓPICO EN LA POESÍA DE CARLOS PELLICER

por chilemexico
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Por Roberto López Moreno

 

De las selvas de Chiapas, aún de más allá, baja recio, poderoso, el río Usumacinta, lagarto hidráulico que parece que no tuviera principio ni fin. No existe manifestación más poética en las presencias de la naturaleza que la realidad del río, poema horizontal que como la vida misma, fluye, eterno, hacia adelante, sin retorno posible. Ahora, a fuerza de acto poético, vamos a convertir la poesía en el poeta. Entonces el Usumacinta es un largo y ancho poeta en la carne verde del sureste, en su llama alzada por la clorofila toca los nombres de Tabasco y Chiapas y los junta, y los hilvana, como solamente el poeta, la poesía, puede hilvanar el fuego.

El río avanza, rompe la selva, la abre; con su falo de agua irrumpe a la mitad de una carne de piares, graznidos, gorjeos, chasquidos, sonidos misteriosos, rumorosidad varia, y a cada paso suyo lleva la novedad del día y de la noche. Entonces toca al hombre y empieza a arrastrar historia en su corriente. Entonces la poesía del río, el poeta que es, se coloca más que nunca sobre su rostro de agua el rostro del tiempo.

Desde la lejanía de su origen el río sabe en su corriente los preámbulos del hombre, así como sus logros más cumplidos plasmados en el dibujo de la piedra testimonial. El cosmos ha bajado a las manos del hombre; el universo está en la tierra, se vuelve grito, mito, rito, se vuelve religión y arquitectura y el río poeta lo sabe desde entonces, lo sigue sabiendo en su fluir inagotable.

Transcurre el tiempo como el río, como el Usumacinta transcurre, y río y tiempo se vuelven superficie sobre la que navega el despojo, el fuego artero, el golpe de Caín en la más pérfida agresión a la naturaleza. El río con su rumor, toca la augusta comodidad del potentado y la endémica docilidad de quien le trabaja. Es certero el río que nos trae estas cosas desde la distancia y el tiempo; es vinculador, es poeta. En su transcurrir recoge rumores y sonidos enteros, se vuelve son marimbeado y grito que quema los plantíos exigiendo justicias sociales, defendiendo la llanada y la selva de intervenciones extranjeras. Y luego vuelve a convertirse en un largo sueño rural, sueño que no se baña dos veces en la misma lágrima.

Rota la cadena que venía atando los pasos como amarra invisible que ciñe a los pasados y a los futuros, que sujeta fatalmente a la determinación de completar el siguiente tiempo con la energía puesta hacia un adelante incierto y promisorio, he aquí que se cumple fielmente con el férreo mandato de las asignaciones. El río, en el centro de su presuntura ha guiado los siete universos hasta las dimensiones de esta realidad que ahora se tiende frente al paso peregrino, tatuado con el limo de inesperadas rutas.

Ahora el poeta río se desprende de su cuerpo para observarse desde afuera, desde su torre de carne; se hace avidez óptica y convierte su cuerpo de agua, el ahora exterior, en una larga e interminable poesía, en una ancha corriente que fluye como el tiempo, a veces néblico por los vapores de la selva; a veces llama, porque en Tabasco y Chiapas los soles caen a plomo.

En las manos del poeta la minutería se vuelve versos, escritos a sangre y savia, mágicos cofres de lo abundante y lo resonante. El poeta, el nacido del río, observa su cuerpo horizontal y ensaya la reintegración describiéndolo. Los kilómetros andados por el padre de agua son herencia y novedad en las tintas del hijo relatante, aquel, el que nació con las manos llenas de color.

Cadena eslabonada con la fuerza del cosmos, el río, el viejo viajero, se ha transformado en poesía, la poesía se ha convertido en poeta, el poeta se vuelve los brazos del poema y el poema, río se hace de nueva cuenta en los ojos de la conciencia. Así, Pellicer, el poeta, el Usumacinta el poema y los lectores de tal vida, somos el mismo río, como el mismo nudo de quetzales somos volando sobre la superficie de la corriente.

“De aquel hondo tumulto de rocas primitivas./ abriéndose paso entre sombras incendiadas,/ arrancándose harapos de los gritos de nadie,/ huyendo de los altos desórdenes de abajo,/ con el cuchillo de la luz entre los dientes,/ y así, sonriente y límpida, brotó el agua.” Y así, límpido y sonriente desde sus primeros versos, brota el poema de Carlos Pellicer, brota como el agua, como una fuerza que irá en creciente hasta las manos del doctor Atl, padre del muralismo mexicano, a quien está dedicado el poema (como todos sabemos, Atl, en lengua náhuatl, quiere decir: agua). Desde el primer momento el agua va al agua, el poema al poeta. Es El canto del Usumacinta. Es el libro Subordinaciones publicado en 1948.

En el poema el poeta se describe: “Pudrió el tiempo los años que en la selva pululan./ Yo era un gran árbol tropical. En mi cabeza tuve pájaros/ sobre mis piernas un jaguar./ Junto a mí tramaba la noche/ el complot de la soledad. Por mi estatura derrumbaba el cielo/ la casa grande de la tempestad. En mí se han amado las fuerzas de origen: el fuego y el aire, la tierra y el mar./ Y éste es el canto del Usumacinta/ que viene del muy allá…” Aquí el río se verticaliza, se pone de pie, metamorfosis a ceiba, sacerdote de las selvas del sur.

El río árbol, el árbol poeta, “en mi cabeza tuve pájaros/ sobre mis piernas un jaguar…” abre la mirada en su entorno y empieza a descubrir y a nombrar las cosas, los seres, el movimiento, pues, con el lenguaje del asombro.

Carlos Pellicer es exuberado intérprete del lenguaje del trópico, creador de códigos, hacedor de verbos tremolados de alas. ¿De qué manera un poeta puede hacer la lectura y después la escritura de la selva?

En el caso de Pellicer –el río de pie- hay un continuo acto de metaforización para conducir con la misma fuerza de la jungla, las verdades de un estadio a otro y crear así las imágenes de verdad, mediante un apoyo en la alegoría, extensa en Pellicer como el Usumacinta en Tabasco y Chiapas, alegoría tendida en horizontal.

El poeta que todo lo que toca lo convierte en luz, es el promotor de objetos animados, de realidades transformadas, esos son sus recursos y con ellos, él mismo se transforma en selva. La metáfora trasciende a sol derritiéndose sobre la espesura. El sol es una metáfora dorada que desciende para adoptar las más diversas cromacidades, el rugido del jaguar, la indocilidad del agua. La selva se establece en el poema en la medida que la retórica se ramifica creando los mundos deslumbrantes del trópico americano: “La sandía pintada de prisa/ contaba siempre/ los escandalosos amaneceres/ de mi señora/ la aurora. Las piñas saludaban el medio día/ y la sed de grito amarillo/ se endulzaba en doradas melodías…” o bien: “Mirando el río de aquellas tardes junté las manos para beberlo. Por mi garganta pasaba un ave,/ pasaba el cielo…”

Nos encontramos ante un mago de las Américas que en el momento de tocar las abstracciones las dota de peso y color, así crea la vida de continuo, al ir repartiéndole el volumen, el aroma desde su empeñoso proceso de materializaciones.

Nuestro poeta crea la vida y la modifica en un quehacer constante. Así el alma deviene en una explosión vegetal, en un puño de alas horadando el aire; pero también el tronco, la hierba, la liana, se vuelven al dolor, al placer, a la alegría. Para esto Pellicer acude con frecuencia al recurso retórico de la prosopopeya: “así, cuando llueve socavando sobre el Usumacinta/ aún en la corteza de los viejos árboles/ se encoge el terror…” Lo abstracto parte de la realidad material. El poeta está en el centro, reinventando las diversas expresiones de la existencia.

Pellicer está tanto en las figuras que cambian el sentido de las palabras, como en las que modifican el sentido de la frase. Con esos elementos nos internamos en la selva de Tabasco y Chiapas: Las nubes de garzas se convierten en anáforas del vuelo; la mansedumbre del buey es sinécdoque de las horas tórridas; el saraguato en las altas ramas es hipérbaton darwiniano, y el sol del sur, sol de soles, soledad ensolecida en las alturas, silvo y selva junto al hombre, es hipérbole de la hipérbole. Pellicer maneja sus símbolos; extiende sobre el papel y la imaginación, sobre la vida reinventándose su pródigo sistema de metonimias y alegorías: “¡Las palabras!/ ¡Los tropeles pueriles sobre el espejo de la imagen! Las palabras vagabundas/ en la mala suerte de mi sonrisa/ Y el sueño resucitado en plena tarde/ junto a las maquinarias y las ruinas”. “Al pie del cedro,/ húmedo aroma./ por su paloma./ torcaz y cielo, subió una rama/ sonoramente dodecaedro”. “La tarde cae/ ya entre un reguero/ de estrellas-tardes.”

Para proporcionar una carga de significados a lo que toca con la palabra, Pellicer crea con sus versos toda una industria de pretericiones por medio de la cual reiteradamente se niega a señalar cosas que con su aparente silencio está señalando, de la manera más profunda. El suyo es también un arte de los silencios. “Una batalla entre la voz y callar”, Sergio Fernández; “las palabras caminan en silencio”, Fernández. En esos sus momentos lingüísticos su paisaje se revierte en metáforas del valor abstracto, de los sentires intensos del ser; el paisaje se vuelve vehículo para hablar de los internos del hombre. Entonces su poesía refiere de lo de adentro con semiausencia de lo de afuera, dialéctica cumplida en el sistema solar del pensamiento, navegada sobre el río fluir de las sensualidades. Asuntos que no dice para decirlos lo más posible.

Estamos ante un poeta de la imagen –Pellicer retoma sus colores y rumores- de la desbordada imagen; en el intento de una aproximación a la estructura de su trabajo, se pueden señalar recursos retóricos, manejo de estatutos, mano ágil y soberana en materia de preceptiva literaria, pero no obstante su inmediata preocupación por la forma, el poder de su imaginación es tal, que en este tipo de torrente los considerandos quedan aplastados por la exuberancia.

Desde la tinta pelliceriana de junio son las horas; el SOL ramas hirviendo, penacho de savia a borbotones, es río que incendia los plumajes del viento en su quehacer dorado; su largo cuerpo de insectos y bacterias se abraza al día y lo oscurece y lo acomoda en su pecho de ceiba milagrosa. Todo nace en la primera lumbre. Se deshojan las horas de la ceiba y en su entraña de agua el fruto de la magia reconstruye pájaros y los epinicios de la carne, filo en alto. El magenta es la flor de su pantano mientras una mariposa, punto rojizo, aletea su savia contra el horizonte.

Un escándalo de moscas se aglomera en las comisuras de la sombra que repta entre las piedras arroyeras bajo un clima de bananos y cacao. Lo que palpita da a relucir un seno y al instante una conjura de flamboyanes ebrios apuñalan la turgencia a brasa viva. Las cosas pasan por las horas, con su terquedad de lodo; los cuerpos se traban en el tiempo, -tiempo de arder-, lo tocan, desmenuzan sus orillas con sus dedos, aroman, y el redondo bosque de llamas oficia su universo, sumiso a la hermandad de las hormigas.

Sobre la piedra labrada (la sangre y su prestigio de serpiente) llueve una interminable curva de ceniza; un aguaje de huesos y cigarras deposita en la hora del pincel su verbo, su marimba remando entre la danza, su espiral de caoba; su pantera midiéndose en el salto de la orquídea, sus líquenes aéreos, la su estrella de veneno izado, tarántula del cielo. Se desploma la tarde, seda líquida, gallo eléctrico, lagarto de mil dientes; recompone el humo amargo de los ritos, el hule, el atabal, la madriguera, su escándalo ecuador, la liana, la espuma, el estero, la hora de su hora.

La tarde, pulpa anaranjada, adorna las corrientes de la hembra, la vara de la ceiba tienta amor; el sol de la mujer siembra sus lunas en la tierra, la fertiliza. Todo se abre de nuevo, el mar, el amar, el pétalo, la ciénega, es la hora del canto y del torrente, manotazos que queman de la ceiba. Ya todo está en la llama.

Y aquí, en la curva de esta llama, curva de su espiral, nos colocamos sobre la necesidad de una reconsideración. Una especie de terquedad oficial insiste en ubicar al poeta Pellicer dentro del llamado grupo “contemporáneos”; no sólo es dudosa tal insistencia, sino que el propio escritor, más de una vez, negó públicamente la pretensión (algo similar ha pasado con la figura de Elías Nandino, quien no solamente ha negado ser el “último de los contemporáneos” como se insiste en calificarle, sino que ha manifestado a la sordera voluntaria de todos, guardados rencores hacia varios miembros de aquel grupo).

Quizá el cuidado de Pellicer en deslindar situaciones radique en que él y sus coincidentes generacionales, asumieron en muchos casos actitudes no compatibles. Frente al nostálgico intimismo afrancesado, frente al experimento de norteamericanización en las formas, Pellicer volteó los ojos hacia América, en una entrega absoluta a la geografía y la historia de esta inmensa patria nuestra.

Frente al desprecio a una participación social desde el arte y fuera de él, Pellicer se va a caminar –antes incluso que Neruda- sobre la geografía americana en busca del pasado olmeca, de las sombras en armas de Bolívar, encuentra la espada en medio de un jardín y le llama Morelos. Hay una absoluta presencia de la América nuestra en su poesía, América le da uno de sus sonidos más altos, América, la de los soles inacabables, América, la de los antiguos palacios de piedra, la de las selvas, la de los Andes.

La actitud del hacedor tabasqueño forzosamente se aparta de las formas más acabadas del individualismo hasta el mismísimo acto de colocarse al frente de una organización de intelectuales mexicanos reunidos en ese entonces para apoyar la lucha del sandinismo, actitud divorciada de las que pudiera haber asumido la alta burocracia intelectualizada.

De ahí que la poesía de Pellicer cante luz y unifique al cantar, de ahí que su verso sea una especie de llamado a la solidaridad en el momento mismo de repartir el paisaje, de repartirse él a los demás, como parte del paisaje. Su poesía no margina en afanes intimistas, congrega en el tumulto del entorno, es una poesía del amor a la tradición, a la historia, a la arqueología, del amor al amor.

Por eso, cuando hablamos de la selva, exuberancia que desde la lacandonia desciende al mar y que en el transcurso se va convirtiendo en una interminable sábana de humedades –Pellicer de versos- sobre el paisaje aparece el hombre, consustanciado en él, con su larga historia de agravios; el dueño del paisaje está ahí, como una acusación perenne, víctima del despojo, de la ofensa, del asesinato, rabiando la injusticia de que es objeto, levantando, a veces, el brazo del reclamo social (Sandino mismo, como buen centroamericano era parte de la selva de Tabasco y Chiapas).

Me estoy refiriendo a un Pellicer que a su visión del paisaje, suma su abierta devoción a los héroes americanos, devoción que en muchos casos tienen que ver con un espíritu de cristiandad que recorre de continuo su obra. Lejos del intelectualismo egoísta de muchos que compartieron con él la misma época –o mejor-: desde una intelectualidad ejercida bajo la sonrisa de su cristiana sencillez que le llevó a la hermandad con el aire y con el agua, expresó esa su inmensa ternura lo mismo al hermano pez que a la hermana águila, al hermano tronco, que a la hermana danta, que al hermano sol, que al hermano burócrata, que al hermano “contemporáneo”.

Por todo esto, cuando el poeta le canta al paisaje le está hablando también al hombre y a su posibilidad de futuros: “Y era la desnudez corriendo sola/ surgida de su clara multitud,/ que aflojó las amarras de sus piernas brillantes/ y en el primer remanso puso la cara azul”, este paisaje está convertido en pueblo. Más adelante, en el mismo poema, “El canto del Usumacinta”, expresa: “Porque el árbol de la vida,/ sangra./ Y la noche herida,/ sangra./ Y el águila caída,/ sangra./ Y la ventaja del amanecer, cedida,/ sangra./ ¿De quién es este cuello ahorcado?/ Oíd la gritería a media noche./ Todo en lo que en mí ya solamente palpo/ es la sombra que me esconde.” Dice en su poema a Morelos el de la América Septentrional: “Imaginad:/ una pedrada/ sobre la alfombra de una triste fiesta.”

Cuando Pellicer habla de nuestro trópico está hablando por el hombre de América, aunque para ello recurra al lenguaje de la sensualidad. Por eso José Vasconcelos escribió de él: “Pertenece Pellicer a la nueva familia que tiene por patria el Continente y por estirpe la gente toda de habla española.” Y en otra parte el mismo Vasconcelos: “Desde la nave aérea ha visto Pellicer su América y también la ha escudriñado con la planta del pie que descubre todos los secretos de la tierra y con la mente que contempla la historia.”

En la segunda mitad de nuestro siglo el colibrí ha fortalecido la magia de su vuelo, gajo de sol vibrando desde sobre y por el lomo de la iguana. En el bosque americano ha crecido su rica pluralidad de voces que abren sus realidades hacia los cuatro destinos cardinales. Es el segundo de la labor recolectora para después impulsar el puñado de vuelos.

Cada región, cada ciudad de América, tiene una verdad qué decir al aire y tiene sus modos y formas para cada discurso. El de Pellicer es el corazón del colibrí que dibuja el ángulo recto en el que vivimos al juntarse en un mismo punto con la horizontalidad de la iguana. El estuvo en el momento de unificar el vuelo del colibrí en uno solo, representante del mágico y poderoso vuelo americano. La selva de Tabasco y Chiapas tiene alma y sabe muy bien de estas cosas.

Carlos Pellicer, palpitación de esta selva que tan bien supo describir, quería ser todo lo iguana posible o sea, la medida más fiel de la tierra, la misma que al transformarse en el vuelo vertical de su imagen queda establecida en el aire lo más colibrí posible. Pellicer termina siendo los dos valores: iguana y colibrí, horizontal y vertical, la tierra y su espíritu, el lodo y la idea, la raíz y el pensamiento. Acomodada en el cobijo de este ángulo se encuentra la América nuestra, horno de poetas.

Otro gran poeta nuestro habló de “La cantidad hechizada.” Lezama, Pellicer, cada quien en el momento de su lenguaje, han sido iguana-colibríes en el milagro del vuelo, resultante de tal cantidad hechizada. En ellos damos nuestro salto al vuelo y establecemos la permanencia de nuestra verdad –la selva de Pellicer lo sabe- en las alas del viento y las del tiempo, en las alas del río que somos todos, colibrí del agua.

*****

Reseña biográfica:

imagesPoeta y museólogo mexicano nacido en Tabasco en 1899.

Viajero apasionado y poeta de recintos cerrados, fue cantor de los grandes ríos, de la selva y el sol.

Ocupó varios cargos importantes en diferentes museos, fue profesor de literatura e historia y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Ocupó además la presidencia del Consejo Latinoamericano de escritores con sede en Roma.

La mejor definición del poeta la da Octavio Paz: “Gran poeta, Pellicer nos enseñó a mirar el mundo con otros ojos y al hacerlo modificó la poesía mexicana. Su obra, toda una poesía con su pluralidad de géneros, se resuelve en una luminosa metáfora, en una interminable alabanza del mundo: Pellicer es el mismo de principio a fin”.

«Piedra de sacrificios» en 1924, «Hora de junio» en 1937, «Exágonos» en 1941, «Subordinaciones» en 1948 y «Con palabras y fuego» en 1963, hacen parte de su extensa obra poética.

Falleció en 1977. ©

Datos biográficos extraídos de :

 http://www.amediavoz.com/pellicer.htm

One Comment to “EL TRÓPICO EN LA POESÍA DE CARLOS PELLICER”

  1. Recordando a Pellicer ¿cierto? Me parece que su obra ha sido poco leída en los últimos años, estoy en mi campaña por recuperar ese espíritu.

    Me gustó mucho el escrito Roberto, creo que nos acercas de una manera muy amena. Me imaginé en una charla con café al lado platicando del poeta.

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