Tú no eres Alberto…

por chilemexico

Por Alberto Llanes*

Siempre he tenido la idea de que no debemos confiar en hombres que utilicen algún tipo de zapato abierto (o chanclas, no huaraches; el huarache es otra cosa) y que vayan a trabajar o que anden por la vida así, como si nada, en chanclas, se me hace algo nefasto, grotesco y de poca confianza.

                Generalmente, ese tipo de personas o traicionan o salen con algún as que sacan debajo de la manga que no va con los patrones que uno tiene establecidos o si no los tiene uno establecidos por lo menos hace el intento de tenerlos.

Resulta que me hallaba en la Feria Nacional del Libro, recorría pasillos, veía estantes, entraba a librerías, paseaba por aquí y por allá y no me decidía a comprar ningún ejemplar. De sobra está decir que no llevaba tanto dinero y por eso no me decidía del todo a hacerme de algún libro. La Feria Nacional del Libro la organizaba la Universidad de Ciudad del Carmen. Era todo un edificio repleto de librerías para darse vuelo, por eso la selección del libro ideal tenía que ser la correcta, no se puede comprar a lo puro pendejo cuando uno está  escaso de billetes.

El calor, sobra decirlo también, era insoportable. Me acompañaba el maestro de Acapulco. Salíamos de escuchar la presentación del libro del maestro de Hidalgo (los motes como de señorita México “Acapulco, Hidalgo y Colima” fueron idea de un truhan del que omitiré su nombre y era dizque para ubicarnos mejor).

Decía que me acompañaba el maestro de Acapulco y estábamos recorriendo esa galería enorme de librerías que se habían congregado en ese edificio hermoso pero que estaba inacabado, o sea, no tenía aire acondicionado y en alguna parte de su estructura faltaban detalles como puertas, luces, ventanas, asientos… qué sé yo.

Recorríamos esa feria en tanto el maestro del estado de Hidalgo firmaba libros a los asistentes a su presentación que así lo pidieran. Eran las dos de la tarde, el calor de Ciudad de Carmen era sofocante y no dejábamos de sudar, no dejaba de sudar. Hay que decirlo, Acapulco y un servidor estamos acostumbrados al clima costero, él, de ese hermoso puerto, yo, el de Colima.

Se me hacía extraño que una Feria Nacional del Libro tuviera como sede un edificio que no estaba terminado, pero conociendo a los rectores y a los gobernadores y gente con esa clase de puestos, sé que a veces se ponen necios en inaugurar prematuramente un inmueble que no está terminado del todo para que hablen bien de su gestión y blablablá y jódase uno como usuario que tiene además la consigna de estar presente en los eventos porque lo invitaron para eso, para estar presente en los eventos y presentar obras.

Así que por pura buena calidad moral que tenemos nos hicimos presentes en casi todos los eventos que se organizaron para celebrar al libro.

Llegamos entonces al tercer piso del mentado edificio. El Acapulco siempre vistió sus Converse All-star de tono oscuro y ese día no fueron la excepción. A nuestro paso nos encontró un tipo con chanclas, shorts color caqui, playera gris, barba a medio candando, delgado, alto, peinado ultra corto y con un celular colgándole del cuello, un celular sencillo, color blanco que pendía de ahí; para coronar todo el atuendo, de las chanclas de nuestro amigo sobresalían unos calcetines gris oxford tirándole a rata.

Al primero que engatusó fue a mi buen cuate el Acapulco, quien con su humor negro accedió a una explicación para saber cómo es que funciona el universo, a la que el amigo enchancletado lo había invitado en una de las salas en donde tenía, además, una expo-venta de sus libros, libro escrito por él y abalado por el gran Alejandro Jodorowsky, según.

El siguiente en caer fui yo que, seguí, estúpidamente, al buen Acapulco al camino de la luz e iluminación para entender cómo funciona el cosmos. Y ahí vamos. Sentados frente a unas cartulinas donde se veía la explosión del big-bang y la evolución de la tierra y demás cosas. Nuestro amigo se puso como maestro de primaria y empezó su explicación. Para estar más cómodos, nos colocó un ventilador que daba directo a nuestra  cara y que hacía un ruido terrible.

Magistralmente, el maestro de Hidalgo había sido el único en salvarse de ser un ente iluminado, de no encontrar la evolución por medio de la luz, puesto que seguía (me imaginé yo), firmando y firmando libros o se había quedado viendo-oyendo la otra presentación de los amigos de Yucatán que iban a hablar de literatura latinoamericana contemporánea y a presentar una revista.

Entonces el cuate éste empezó a hablar de las teorías, de la explosión enorme y de cómo se creó el universo, de la evolución y extinción del dinosaurio. Nos pasó a cada uno de nosotros un ejemplar de su libro. Nos seguía explicando las diapositivas (pinches cartones con dibujos) que tenía pegadas a la pared y nos decía que lo mero bueno venía después.

Era obvio que todo eso de la explosión, de aquello, de esto, de blablablá ya lo sabíamos tanto el Acapulco como yo, no nos estaba diciendo nada nuevo, lo único que hacía era moverse por todo ese espacio, moverse como si de una clase de lenguaje corporal se tratara.

Nos dijo que él sólo vivía para contestar sus mails, porque sus libros tenían la neta ora sí, que del planeta y sus lectores le escribían muchos mails y se la pasaba contestando correos y nos siguió diciendo que la evolución sería para aquellas personas que leyeran sus libros porque ahí iban a encontrar la luz, el entendimiento, la conciencia para dejar de ser hombres y convertirse en seres luminosos, brillosos, evolucionados.

El Acapulco sacó su humor negro, dijo entonces que su mamá estaba metidaza en estos asuntos de la iluminación para hallar el camino a la verdad absoluta, el amigo chanclado le dijo que qué chingón, que él entonces ya había agarrado la onda y chíngueme yo que estaba en la total pendeja del mundo mundial, pensé.

Acapulco, en un descuido, o lo que creímos un descuido de nuestro amigo me tocó el hombro y me dijo, “ya eres parte de la luz”, el amigo enchancletado lo vio de reojo y le dijo que en efecto, estaba agarrando totalmente la onda, que así mero era el chiste de esto. Yo seguí chingándome porque ni con el toque divino del Acapulco que ya estaba a un paso para evolucionar, ni con eso, me salvaba de las garras del infierno.

Entonces me sentí como personaje de los hermanos Wachowski, en una Matrix que de pronto no sabía si era sueño o realidad, con treintaicuatro años viviendo en este planeta y no saber nada de su funcionamiento, no es que uno sea un dechado de sabiduría, pero algo debería saber, por lo menos.

El cuate de las chancletas cuando el tema era de profundis cerraba los ojos y de pronto los abría y los ponía totalmente en blanco, como si un ser iluminado del más allá o del más acá le estuviese dictando (en una especie de Peña Nieto imbécil) lo que tenía que decirnos como si fuera una escena de Carrie o Estigma o El exorcista.

A la distancia noté cómo movía el globo ocular a través del párpado cuando cerraba los ojos y entonces regresaba a la tierra y los abría y nos veía entonces directo a nosotros y nos decía que leyéramos algún párrafo de su libro. Al Acapulco le dio uno y a mí otro. El que le dio al Acapulco era más grueso y dijo que ese tenía toda la verdad dentro, recordándome el eslogan, pero a la inversa, de la conocida serie de televisión Los expedientes secretos X donde la verdad estaba, pero afuera.

En secreto le dije al Acapulco que ya nos dijera entonces el precio del libro o que de plano nos dijera algo bueno, porque según él lo mero bueno venía después, pero eso del precio del libro se me hizo tan terrenal y tan poco útil para un ser iluminado como él, que mejor nos siguió explicando las dispositivas, y entonces nos habló de la evolución del hombre, del primate, del encorvado y de manos largas, del erecto y de manos cortas, del que empezó a utilizar la cabeza para pensar y así hasta llegar hasta a lo que somos ahora.

Al final de esta imagen se veían unos hombrecillos chaparros y cabezones que tenían destellos luminosos, personajes estilo alien que es precisamente adonde nos va a llevar la iluminación y el conocimiento astral y la conciencia del cosmos y la comprensión total del universo, esa evolución, dijo nuestro amigo de medio candado en la barba, esa es la evolución de la luz.

Entonces nos dijo que el libro que traía el Acapulco costaba doscientos pesos terrenales y el que traía yo (que no trae toda la verdad, hizo hincapié) costaba setenta mugrosos pesos también, terrenales. El Acapulco se aventó otra buena puntada y le dijo que si no habría modo de un “descuento espacial” (a propósito del tema) los tres echamos a reír y luego de regresar a la seriedad, el joven chanclado viendo a su esposa dijo que no, que ahí sí no aplicaba porque nos estábamos (Acapulco sobre todo), llevando una joya libresca sin igual, sin paradigma, un acceso total al que poca gente tendría eso, acceso.

Acapulco, so pretexto de decir que el libro era para su mamá sacó sus doscientos pesos terrenales y pagó el documento. El joven astral le dijo que se lo iba a firmar y entonces el Acapulco le dijo que sí pero que se lo dedicara a su madre que era la que en realidad iba a aprovechar la herramienta de acceso a la luz porque en el fondo, el Acapulco, es tan terrenal como yo y prefiere tomarse un trago o varios tragos de cerveza o de alcohol o de cualquier cosa que apendeje a simplemente agua de horchata, así que su mamá era la que tenía que aprovechar todo eso de la evolución, la luz y la manga del muerto.

Yo saqué mis jodidos setenta pesos procurando que me alcanzara para comprar algún otro documento mejor, aunque éste, según decía en la portada, estaba avalado por el gran Alejandro Jodorowsky. Aunque luego vi el que traía Acapulco también estaba avalado por Jodorowsky, total.

Yo no quería que me lo firmara pero el joven se empeñó y cuando alguien se empeña tanto pues ni cómo desempeñarlo y entonces me dijo que no me llevaba el mero bueno, pero que podía empezar con ese y entonces me gané una dedicatoria que hasta en verso le salió porque dice al calce así:

“Tú no eres Alberto… eres entendimiento”.

Dimos entonces las gracias y salimos sin doscientos y setenta pesos terrenales respectivamente. Lo mero bueno nunca llegó o quizá lo mero bueno esté en el libro que lo tengo colocado por ahí, en la cola de espera del librero de mi casa.

Por eso creo fervientemente que no debemos confiar en un hombre que vista con chanclas y ande por la vida así, tan campante…

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*Escritor colimense.

Alberto Llanes (México D.F. 1978). Es narrador y editor en la Dirección General de Publicaciones de la Universidad de Colima, encargado del programa de fomento a la lectura en dicha dependencia, y profesor por horas en la Facultad de Letras y Comunicación, área Literatura Hispanoamericana y Periodismo de la máxima casa de estudios.

Actualmente, prepara su segundo libro titulado Maicro Machines, que será editado por Acento, donde reúne material de minificción.

En el 2009 se publicó su primer libro que reúne las greguerías completas (trabajo que le llevó dos años), el título de este libro es Greguerías de la A a la Zeta.

En el 2007,  la Universidad de Colima editó una plaqueta en la colección El rapidín titulada Breve manual de greguerías.

En el año 2005 obtuvo el premio estatal de la juventud, Profr. Gustavo Vázquez Montes, en el área de Literatura.

En el año 2003 recibió, por el Gobierno del Estado de Colima, mención honorífica en el certamen estatal de cuento Gregorio Torres Quintero, convocado por la Secretaría de Cultura del Estado con la obra, Aquí se escribe un cuento, material que compila varios cuentos.

Ha participado en varias revistas y ediciones estatales, entre ellas: Géneros, Iridia e Interpretextos; revistas de la Universidad de Colima y, en los suplementos culturales: Ágora, Cartapacios (después Altamar), Canto del ojo y Destellos, de diversos periódicos colimenses.

En cuanto a colaboraciones virtuales ha colaborado en la revista Cronopios y tiene una columna semanal para AFmedios, donde aborda temas de interés cultural, políticos y de sociedad.

Cursó estudios de bachillerato en el Centro de Educación Artística Juan Rulfo (específico en música y taller de teatro). Es licenciado en Letras y Periodismo por la Universidad de Colima y egresado de la maestría en Literatura Hispanoamericana en la misma institución con un trabajo de tesis sobre el héroe y el boxeo en una novela de Pedro Ángel Palou.

 

Más de sus textos se encuentran en:  http://www.afmedios.com/alberto-llanes.html

Y en su página: http://www.albertollanes.com/

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