Sobre las cartas escritas por Juan Rulfo a Clara Aparicio

por chilemexico

 Carta de Juan Rulfo a Clara Aparicio:

 

“Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua. Clara: corazón, rosa, amor… Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña. Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara? He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde… y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río… Clara: Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.”

Después de leer esta carta publicada por Berenice Toloza en facebook, nos dio un deseo enorme de saber más del tema. buscando y buscando, encontramos lo preciso para compartir con ustedes mucho más acerca de las cartas de Juan Rulfo:

 

La voz profunda y oscura

Elvio E. Gandolfo


 

SEGÚN LOS DATOS a esta altura muy repetidos en lo que se escribe sobre él, le bastaron a Juan Rulfo menos de trescientas páginas repartidas en dos libros (los cuentos de El llano en llamas y la novela Pedro Páramo) para convertirse en una figura clásica, imperecedera de la literatura latinoamericana y universal. Sin embargo ese magro y radical legado no deja de crecer, de extraña manera. Después de una larga espera tanto de un nuevo libro de relatos como de una nueva novela (la legendaria, y nunca concretada, La cordillera), una recopilación de sus trabajos para el cine incluyó en 1980 El gallo de oro, que tenía muy poco de argumento o guión, y mucho de novela corta autosuficiente, aunque con un tono bien distinto a sus dos libros conocidos.

 

En los últimos años su viuda, Clara Aparicio, decidió por su parte dar a conocer Los cuadernos de Juan Rulfo (180 páginas de apuntes literarios publicados en México hace seis años) y 81 de las cartas que su marido le escribió entre octubre de 1944 y diciembre de 1950, fundamentalmente durante su largo noviazgo. En el prólogo un poco desmañado de Alberto Vital, se habla por otra parte de “400 textos sobre el tema” de la fotografía, actividad en la que Rulfo se destacó con perfiles propios. Dicho de otra manera, su muy escueta obra (como ha pasado con la de Borges, o la de Arlt) no deja de crecer, como de refilón. Porque en todo caso el material inalterable siguen siendo los dos libros famosos, clásicos, que abrieron el apetito de más de una generación por ver qué seguía, sin saciarlo jamás. Como adivinándolo, la “Fundación Juan Rulfo” los ha reeditado junto con las cartas, que llevan el título Aire de las colinas. Cartas a Clara, todos difundidos en el Río de la Plata por Editorial Sudamericana.

LA VOZ DEL TRISTE SOCARRON. En más de un comentario sobre el libro se ha negado su valor propiamente literario, y hasta la oportunidad de dar a conocer esos textos relativamente íntimos. Algo parecido pasó con libros que Borges había eliminado de su bibliografía y que otra viuda, María Kodama, decidió volver a difundir. En todo caso es probable que esas opiniones no sean muy compartidas por los lectores que aman y por lo tanto leen y releen los textos “canónicos” del maestro, o por los lectores entrenados (críticos y otros) que sienten curiosidad por todo lo que escribe un autor determinado. Por otra parte es una oportunidad incanjeable de saber un poco más de este hombre enjuto, más bien silencioso (más de un escritor amigo –Onetti, entre otros– recuerdan como se sentaban con él “a callarse juntos”), y de penetrar en un tono de lenguaje a la vez cercano y apartado del propiamente literario.

La vida de Rulfo es una matriz nítida de sus reticencias personales y de la violencia a la vez escueta y explosiva de sus textos. “Por lo sombrío que soy, creo que nací a la medianoche”, declaró alguna vez. “En la familia Pérez Rulfo (…) nunca hubo mucha paz; todos morían temprano, a la edad de 33 años.” Uno de esos muertos fue el padre, algunos dicen que asesinado por un peón descontrolado, otros que como producto de la “guerra de los cristeros”, y otros que por “una nimiedad”. La madre de Juan le siguió pronto. El se crió en un reformatorio, con la consiguiente escasez de alimento tanto físico como espiritual.

En octubre de 1944 Rulfo le escribe su primera carta recopilada a Clara Angelina Aparicio Reyes: “Clara: Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.” En los seis años siguientes ese tono lírico, enamorado, irá mezclado siempre con los arranques sombríos, las vacilaciones, pero también con un humor primero soterrado y después franco, contradictorio, bastante impasible, cercano a Buster Keaton. Aparecerá sobre todo en su forma de tratarla: “Te ODIO, mujercita de mi alma”, se despide en una carta. “Con todo mi aborrecimiento. Juan”, termina otra. Había un dato: Clara le había exigido exactamente tres años de espera para el paso definitivo (el casamiento) a un hombre sediento de paz, suavidad y afecto, que vivía en México mientras ella seguía en Guadalajara.

Por eso el cariño se mezclaba al retobo, siempre: “También tengo la pena de manifestarle que estoy muy enamorado de una criatura re fea y re chamagosa, que por cierto me tiene vuelto loco debido a motivos personales. Uno de esos motivos es que a mí siempre me han gustado las cosas feas. Desde que era chiquillo me gustaba que me asustaran. Me daba por andar en lo oscuro por ver si de repente salía algo horripilante que me hiciera sentir miedo. Eso me alegraba. Por tal razón, cuando la encontré a ella, pensé en lo bueno que sería vivir asustado siempre, día por día, con esa cara de chamuco que, con sólo verla, lo hace a uno sentirse feliz. Yo nunca te he platicado nada de cuando era joven. A ver si poco a poco logro contarte algo.”

LA VIDA ANTERIOR. Algo le había contado, sin embargo. Por ejemplo que su madre se llamaba María Vizcaíno “y estaba llena de bondad, tanta, que su corazón no resistió aquella carga y reventó”, para agregar: “No, no es fácil querer mucho.” Bastante lúcido consigo mismo, en una carta posterior le advierte, previendo la posibilidad de espantarla del todo: “Te recomiendo que no me hagas mucho caso, pues soy muy amante de quejarme.”

Cuando se decidió a “contarle algo” recurrió a una argucia frecuente en estas cartas: el desdoblamiento. Allí Juan Rulfo se convierte en “el muchacho”, así como Clara es “la muchacha” o la “mujercita”, de quienes habla como mirándolos de afuera. De ese modo supera el número psicoanalítico: el famoso teorema según el cual en toda pareja en realidad hay tres personas; aquí suelen ser cuatro. “Al muchacho este del cuento que te estoy contando”, le dice, “lo salvó la campana en aquella ocasión. Se le murieron sus papás. Casi los dos al mismo tiempo. Y lo dejaron pobre. Eso fue lo que lo salvó. Porque si lo hubieran dejado rico, ahorita sería uno de esos tipos borrachos que andan en coche por las calles atropellando a todo mundo. O ya se hubiera muerto, fastidiado de la vida. Con lo desesperado que es, eso le hubiera pasado.”

A pesar de su promesa, “el muchacho” no habla demasiado de su vida previa, salvo en términos generales: “desde que yo me acuerdo, siempre fui un sujeto dado a estar solo; ni cuando era chiquillo me gustó andar con los demás, jugaba a los juegos que se usaban entonces, pero pronto me cansaba y entonces me sentaba en una silla y me ponía a leer lo que encontraba primero y allí me estaba lee y lee día y noche hasta que me apagaban la luz. Esto me hizo daño. Yo sé que me hizo daño para la vida. Uno tiene su vida interior formada desde los primeros años, y al fin un día se encuentra uno con la vida de afuera y la halla uno llena de problemas y complicaciones y uno no está bien preparado para eso. Así pues, no creas que leer desde entonces me hizo inteligente, no, me hizo más bartolo.” En el único sitio donde habla de fechas y lugares lo hace con extrema brevedad: “En cuanto a los lugares donde he vivido y los años que he estado aquí y allá son de este modo: de 1932 a 1942 en esta tu tierra, en un lugar llamado ‘El molino del Rey’, perteneciente a Tacubaya, D.F.; allí viví todo ese tiempo, menos un año, que fue el de 1930, cuando anduve en la vagancia recorriendo el país.”

Caminar, recorrer, era la actividad que lo sacaba del aislamiento. Buscando tal vez justamente los sitios que combinaban con su mundo interior: “Cuando vengas algún día a este lugar”, le escribe, “te enseñaré una placita que descubrí en mis andulencias. Tiene una iglesia y muchos árboles y nadie pasa. Tengo aquí más de media hora y nadie ha pasado por aquí. Sólo hace rato se asomó a verme una gallina. Después me volví a quedar solo.” No es de asombrarse que cuando escribe después “de un coraje muy grande que me hicieron pasar” (y que no explica), termine con una conclusión dura, que le repetirá a Clara bastante más tarde: “La vida es corta y estamos mucho tiempo enterrados.”

EL TRABAJO. El lugar de la tensión es la fábrica Goodrich de neumáticos de caucho, que le comería buena parte de la vida entre los años 1947 y 1954. Antes había trabajado en la Secretaría de la Gobernación. En la fábrica lo haría primero en el sector industrial, y más tarde en el de ventas por el interior; en ambos casos con efecto negativo sobre su ánimo, y no demasiado positivo sobre su bolsillo. En el primer sitio, por la conciencia dolorosa de la explotación general; en el segundo, por la necesidad de viajar, que lo alejaría, ya casado, de Clara y sus hijos. Cuando recién ha entrado, se mezcla la experiencia nueva con el afecto a Clara, y su humor dulcemente sádico: “Me dieron un cuadernito y un lápiz y me contaron la historia del caucho. Eso de quién lo descubrió y todo lo demás. Ahí tienes tú y todos tenemos que en el Brasil hay unos árboles muy llorones que lloran lágrimas de hule. (Yo lloro también; pero yo lloro de un hilo, ya te mandaré un carrete lleno para que cosas las junturas de tus costillas y no se te salga ese gran corazón tuyo.)”

Pero en la carta que le escribe en febrero de 1947 la dureza de la vida obrera ocupa todo el espacio: “Ellos no pueden ver el cielo. Viven sumidos en la sombra, hecha más oscura por el humo. Viven ennegrecidos durante ocho horas, por el día o por la noche, constantemente, como si no existiera el sol ni nubes en el cielo para que ellos las vean, ni aire limpio para que ellos lo sientan. Siempre así e incansablemente, como si sólo hasta el día de su muerte pensaran descansar.

“Te estoy platicando lo que pasa con los obreros en esta fábrica, llena de humo y de olor a hule crudo. Y quieren todavía que uno los vigile, como si fuera poca la vigilancia en que los tienen unas máquinas que no conocen la paz de la respiración. Por eso creo que no resistiré mucho a ser esa especie de capataz que quieren que yo sea.”

Tal como preveía, sin embargo no pudo “zafarse” de la Goodrich, que parecía emplear la dureza en todos sus sectores laborales: en una Navidad le permiten viajar recién el día 24, sin posibilidad de llegar a Guadalajara antes de medianoche, a ver a Clara. Recién al obtener dos becas consecutivas del Centro Mexicano de Escritores, entre 1951 y 1954, y ya publicado El llano en llamas, se atrevería a dejar atrás la fábrica.

EL ROSTRO IMPENETRABLE. Dentro de un tono general de minuciosa pero esquinada subvaloración, son dignas de destacarse las idas y vueltas que da cuando decide enviarle una foto suya a Clara. Primero le avisa: “Montoncito de nubes, esta semana me voy a retratar para que tapes el agujero del ratón. La cosa es que ya me había retratado con el fin de mandarte esa maligna figura mía, pero no te mandé el dichoso retrato porque salí asustado, y no quería que tú me tuvieras allí con esa cara de susto que tenía en la fotografía.” Dos intentos posteriores no mejoraron las cosas: “Lo que sea, el retrato está feo como para no querer guardarlo. Este, y los otros de que te platiqué. Así, igual que éste, pero en tamaño grande es como estaba. ¿Verdad que estoy muy trompudo? Bueno, eso ni quien me lo quite; pero la cosa está en que a la amplificación, al retocarla, le dejaron las trompas negras y es en el que te decía que parecía que le habían pintado la boca al suscrito (lo rompí, eso fue lo que hice). Pero por éste te puedes dar cuenta de cómo estaba. El último es el de la mirada de cobrador. Yo creo que voy a necesitar hacerme gente buena para que, cuando me retrate, no me salga la maldad por los ojos.”

Como es de esperarse, esa paradójica autopropaganda negativa abunda en cuanto a sus rasgos de carácter. Una vez es el egoísmo, atemperado por la frase que da título a la recopilación de cartas a Clara: “Pero yo no quiero tratar este asunto. No lo quiero porque soy demasiado egoísta y porque te necesito y porque no te quiero para nadie sino únicamente para mí, aire de las colinas.” Otra, su renuencia a deberle algo a alguien: “ahora sé por qué antes no me gustaba pedir favores, y es que no me gusta aceptarlos. (…) Me siento mejor de ese modo, sabiendo que no debo favores. Me siento menos miserable y menos desesperado, conociendo que no tengo que contentar a mucha gente.” En esa intención o destino de despojamiento activo, permanente, se incluyen el dinero y las posesiones: “Pues yo jamás (hasta ahora) he deseado querer ser dueño de muchas cosas. Antes al contrario, un instinto oscuro me ha ido retirando cada vez más del interés por el dinero. Aunque quizá se debe a que nunca me ha hecho falta nada.” Aunque mucho después agrega, luego de incesantes discusiones acerca de la casa donde irían a vivir con Clara, teniendo en cuenta sus limitaciones económicas: “Volvemos a aquello de que la vida es muy corta y estamos mucho tiempo enterrados. A mí nunca me ha gustado ahorrar en vivir (bueno, nunca he ahorrado en nada), y yo quiero que ahora estés de acuerdo conmigo. Dicen que la miseria es terrible, pero que la pobreza es hermosa.”

En todo caso, el contrapeso es algún consejo destinado a librar a Clara de personas tal vez parecidas a él mismo, pero muy distintas: “No te andes juntando con gente que lo desilusiona a uno con eso de la experiencia. Yo he descubierto que nadie conserva la experiencia. Según se vive, van encontrándose las dificultades, y el trabajo consiste precisamente en echarse esas mismas dificultades a la bolsa.”

ANTES Y DESPUES. La correspondencia de Rulfo con Clara Aparicio está dividida en tres partes. La primera, por lejos la más extensa, es la de la distancia, el noviazgo y el límite de los tres años de espera. Allí es donde hay mayor tensión, personal y por lo tanto de lenguaje: aparecen los pozos de angustia existencial, pero también los alivios, los paseos o las caminatas (en una carta le anuncia que al otro día habrá desfile y ruido en la ciudad, y por lo tanto ya está armando la mochila para irse a los cerros).

La segunda es la que rodea el hecho mismo del casamiento, ya muy cercano, que se extravía en ansiedades menores y detalles sobre prendas diversas, en especial, desde luego, el vestido de boda, que se iba haciendo en la ciudad de México. En un par de líneas, sin embargo, expresa sus más caros deseos: “Tú sabes y yo también sé que lo que más deseo sobre la tierra eres tú, y luego escribir (poder). Un lugar tranquilo para ti y esa misma tranquilidad para poder escribir.” Ya cerca de la fecha crucial, aparece de nuevo el desdoblamiento y el humor: “He tomado nota de que hay que ir muy elegante a tu boda, aunque te voy a decir que en mí nadie se fijará. Pues la gente no acostumbra fijarse en los invitados, aunque en este caso tú me hayas invitado para acompañarte; de cualquier modo dirá cuando me vea junto a ti que sólo ando allí para detenerte tantito de tu brazo. Dirán: ella lleva tacones altos, muy altos, y se sabe caer, por eso viene ese sujeto a su lado; ella lo invitó para que la hiciera de novio en la boda, pero nada más.”

La tercera zona es breve, pero vuelven la intensidad y el sufrimiento. Encadenado a “la Goodrich-Euzkadi” y los viajes de ventas por el interior, es de hecho cuando los dos están más dolorosamente separados. La errancia o las “andulencias” del pasado se convierten en obligación y fastidio; la soledad no es propia, ganada, sino la simple ausencia de una mujer muy determinada: “Antes creía que tenía alma de vagabundo, pero desde cierto día para acá sé que no la tengo. Quisiera estar en mi casa junto a mi mujercita y mi hijo y nada más. (…) Por acá el mundo se va estrechando; los pueblos son cada vez más muertos, y el tiempo es muy largo. Cuando andaba contigo me sentía como si anduviéramos de paseo. Ahora que ando solo siento que voy entrando en un mundo extraño, donde no sé qué he venido a hacer. Mañana iré a Papantla y Poza Rica, después a Tuxpan, luego me regresaré por los pueblos de la carretera de Pachuca; esto me llevará toda la semana, casi estoy seguro, y si Dios quiere estaré en ésa el sábado por la noche.”

Aun peor es la sensación de soledad cuando Clara viaja a Guadalajara, con la casa “toda sola y fría como un ataúd frío”, un “perico triste” y tres cartas de Clara: “No sabes el gusto horrendo con que las leí y volví a leer.” Todas las cartas de ese período reúnen el desgarro de la distancia (revive, por ejemplo, lo que sintió al ver perderse el tren donde se iban Clara y su hija Claudia), las quejas ya muy intensas contra el maldito trabajo (“creen que el pan y la leche que comemos vale mucho más, mucho más caro, que la pobre tranquilidad que estamos necesitando, (…) como si uno fuera la masa con que amasan sus negocios…”) y el desorden que invade a Rulfo y la casa.

Juan Francisco, el hijo de Juan a secas, nació en Guadalajara el 13 de diciembre de 1950. Sobre eso trata la última carta que, como ocurre en las correspondencias publicadas, no tiene por qué ser la carta realmente última que intercambiaron. Lejos de él, el padre finge una recriminación susurrada, cariñosa: “He sabido ya lo que hiciste, la enorme travesura que hiciste. Has traído un hijo nuevo al mundo. Alguien que te cuidará cuando ya no puedas con la vida. Me cuentan que nació muy grande.” Unos párrafos más adelante describe con precisión el sentimiento de esa distancia a la vez cruel y abstracta: “Me da no sé qué no conocer todavía a mi hijo. Hasta ahorita es como si sólo fuera un cuento que me contaron para hacerme dormir tranquilo. (…) Ahora sé por qué te fuiste a Guadalajara para que naciera. Querías que fuera de Jalisco, tequilero, para que de grande salga muy macho y muy borracho. Ahora lo sé.”

EL OTRO MUNDO. Las referencias de Rulfo a su actividad literaria en la correspondencia son escasas y breves. Por momentos parece que tratara de proteger a Clara de su propia obra o actividades. Le cuenta una reunión “artística”, por ejemplo y le dice: “Bueno, se bebió, se comió y se dijeron muchas barbaridades, que no te cuento porque te pondrías coloradita.” En el período que abarcan las cartas, ya había empezado a publicar los cuentos que integrarían El llano en llamas: “Me van a publicar un cuento en una Antología de Cuentistas Mexicanos. ‘Nos han dado la tierra’. Yo les había entregado otro que se llama ‘Es que somos muy pobres’, pero lo encontraron subido de color. No sé por qué me salen las cosas tan crudas y descarnadas, yo creo que porque no están bien hervidas en mi cabeza.” Más adelante le anuncia que el relato salió publicado en la revista América, donde aparecieron varios de sus relatos, y que aparecerá también en Novedades. “Pero no te conviene leerlo”, insiste.

Para ese entonces Rulfo era amigo y compinche de Juan José Arreola (otro narrador de Guadalajara), y había participado de tertulias en la farmacia Rex o el café del mismo nombre con gente de su edad: José Luis Martínez, Alí Chumacero y Manuel González Durán. Más de una vez le cuenta a Clara su pasión, casi su adicción a los libros: aunque los nombres de los autores no aparecen, le atraían sobre todo los “nórdicos” como Hansum, Lagerlof, Ibsen; los rusos Andreiev y Korolenko, o los americanos Dos Passos y Faulkner y el francés Jean Giono.

El primer cuento, no recogido en libro, “La vida no es muy seria en sus cosas”, había aparecido en 1945 en la revista América. La mayoría de los que constituirían el libro salieron por primera vez en la revista América. Sus amigos, tanto en Guadalajara como en México, lo recordaron siempre como un excelente melómano. “Rulfo poseía tocadiscos, lujo que ni Arreola ni yo hubiéramos soñado”, recordó Antonio Alatorre. “En una de mis dos visitas, Rulfo me hizo oír cosas que yo no conocía.” Era además una máquina de devorar libros: “No sé por qué, pero siempre por donde yo ando, camino o vagabundeo, encuentro librerías.” Al fin en 1953 aparece El llano en llamas.

LOS CUENTOS. El libro apareció en la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica, y cayó sobre el panorama literario mexicano como una bomba. Se trata de uno de los tres o cuatro mejores libros de cuentos que haya conocido la lengua castellana (o, más propiamente, mexicana). No sólo tiene un altísimo nivel en cada relato. Además es muy variado, tanto en tono como en tema. Registra la misma materia si se quiere testimonial que la “novela de la Revolución”, pero llevada a un extremo formal de exigencia que casi se convierte en una metafísica, bajo pretexto de recobrar el tono exacto de la lengua hablada. Algunos lo tomaron como una simple puesta al día del costumbrismo rural, pero sobre todo leídos hoy, los cuentos son mucho más: un experimento radical que desorientó bastante a la crítica.

Se habló de la “intención de mero registro”, como se hizo bastante después y en otro plano con Manuel Puig. En ambos casos, sin embargo, es imposible pasar por alto la aguda conciencia de la estructura, del montaje. Ese supuesto mero registro puede apuntarse (sin mucha razón) en los diálogos, pero es menos evidente cuando la voz narra en primera persona, como en “La cuesta de las comadres”, la violencia interna del protagonista, que está cosiendo un costal. Primero dice: “no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé.” Y poco después viene el remate, tanto formal como asesino: “Por eso aproveché para sacarle la aguja de arriba del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, ahí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.”

Esa forma sesgada de narrar no sólo la violencia sino también el rencor y la furia contenida por mero ahorro de energías en una zona caliente y desierta tiene una eficacia directa sobre el lector, que en más de una ocasión se siente mucho más acosado y sacudido que con los excesos de un James Ellroy o un Easton Ellis. En las citas de arriba, puede destacarse el sabio uso de los diminutivos, que en vez de aminorar la crueldad la multiplican insidiosamente. En “El llano en llamas” la escena íntima, inmediata, se vuelve panorámica, y recuerda al Bosco: “Pero no habíamos alcanzado a llegar cuando encontramos a los primeros de a caballo que venían al trote, con la soga morreada en la cabeza de la silla y tirando unos, de hombres pialados que, en ratos, todavía caminaban sobre sus manos, y otros, de hombres a los que ya se les habían caído las manos y traían descolgada la cabeza.”

En “Macario” flotan matices faulknerianos en el monólogo de un deficiente mental rodeado de ranas que “apalchacuara a tablazos”. En “¡Diles que no me maten!” un padre le ruega al hijo que a su vez ruegue por él ante quienes van a fusilarlo, sin resultado: “–No. No tengo ganas de ir. Según eso, yo soy tu hijo. Y, si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de ese tamaño.” A ese cuento atroz, donde a la víctima difícilmente lo reconozcan “de tanto tiro de gracia como te dieron”, le sigue “Luvina”. Es uno de los cuentos a la vez más serenos y desolados del volumen; crea un espacio de literatura fantástica, posiblemente habitado por muertos. Aunque los lectores de 1953 no lo sabían, preanunciaba el clima de Pedro Páramo. Incluye el toque de humor sombrío y escueto de Rulfo:

“–¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno?

Les dije que sí.

–También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del gobierno.”

Con frecuencia hay rincones de incesto, de culpa y goce a la vez, y palabras esencialmente mexicanas, sobre todo con dos sonidos: la “ch”, que hace chistar y susurrar a la palabra, y la “l”, que la ablanda. También impresionan los nombres: Lucas Lucatero, Pancha Fregoso, Homobono Ramos.

A veces en un par de líneas se describe un proceso que a cualquier otro narrador le llevaría páginas: “De los ranchos bajaba la gente a los pueblos; la gente de los pueblos se iba a las ciudades. En las ciudades se perdía; se disolvía entre la gente.” Cuando apareció el libro hubo una crítica que insistió con su valor de testimonio por una parte, y con el crisol biográfico, social e histórico del propio autor, por otra: el Rulfo niño había conocido los excesos de “la guerra de los cristeros”. En el otro extremo, sobre todo a partir de la aparición de Pedro Páramo, otra corriente insistió en el modo en el que su obra recoge y renueva legados narrativos clásicos y legendarios.

En todo caso el propio Rulfo tuvo siempre bien en claro su necesidad de borrarse ante la realidad de lo narrado (que es otra que la realidad real). Por una parte solía declarar, con cierta astucia, cosas como “Yo sólo me sé expresar en forma muy rudimentaria.” Por otra reconocía que las voces que él oía hacía tiempo que faltaban: “entre el coro de todas las voces universales y gloriosas yo volví a oír la voz profunda y oscura. Tal vez la de un pobre viejo que está a la orilla del fuego volteando tortillas. (…) Y aunque Ud. no lo crea, esa voz predomina en el coro, y es la del verdadero, la del único solista en que creo, porque me habla desde lo más hondo de mi ser y de mi memoria.” Más escasas fueron las ocasiones en que intentó definir la complejidad de su intento: “Mi obra no es de periodista ni de etnógrafo, ni de sociólogo. Lo que hago es una trasposición literaria de los hechos de mi conciencia. La trasposición no es una deformación, sino el descubrimiento de formas especiales de sensibilidad.”

EL CACIQUE. Cuando envió una versión sin corregir de Pedro Páramo (que antes se llamó Una estrella junto a la luna, y un poco después Los murmullos) al Fondo de Cultura Económica, no sospechaba que la publicarían de inmediato, como el número 19 de la colección Letras Mexicanas (1955). A diferencia de la recepción unánime de El llano en llamas, su primera y última novela fue polémica. Algunos la consideraron desprolija, otros demasiado inclinada al desborde poético. Con el paso del tiempo las opiniones se fueron emparejando en una admiración a la audacia de su apuesta, y el refinado virtuosismo de su ejecución.

A diferencia de los cuentos, donde el lenguaje suele imponerse con la dureza de virutas metálicas, en Pedro Páramo brillan las superficies visuales que se van superponiendo como veladuras, mientras los personajes susurran, se manifiestan imprecisos, y se van gastando, como muertos que son. En sus escasas 140 páginas se narra la vida completa del cacique que le da título, los destinos de decenas de personajes (sobre todo femeninos), la muerte de su hijo, y en particular el amor imposible por Susana San Juan, cuya locura femenina destruye por filtración incesante la dureza viril de Pedro Páramo. A su vez que el cacique es dueño del territorio y los cuerpos que rodean Comala, su potencia de macho cabrío embaraza a la mayoría de las mujeres de la zona, ayudado por la figura corrupta y deteriorada del padre Rentería.

A ese mundo viaja el héroe, enviado por su madre en su lecho de muerte a buscar al Padre, sin embargo también padre de tantos otros. En una viñeta inolvidable, Rulfo cincela en detalle el principal objeto que lleva el peregrino: “Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si ella también sudara. Era un retrato viejo, carcomido en los bordes; pero fue el único que conocí de ella. Me lo había encontrado en el armario de la cocina, dentro de una cazuela llena de yerbas: hojas de torongil, flores de Castilla, ramas de ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único. Mi madre siempre fue enemiga de retratarse. Decía que los retratos eran cosa de brujería. Y así parecía ser; porque el suyo estaba lleno de agujeros como de aguja, y en dirección del corazón tenía uno muy grande donde bien podía caber el dedo del corazón.”

Ya en el pueblo, el hombre descubrirá de a poco que todos están muertos, y finalmente él también, después de un “pase” fantástico casi inenarrable: “Tengo memoria de haber visto algo así como nubes espumosas haciendo remolino sobre mi cabeza y luego enjuagarme con aquella espuma y perderme en su nublazón. Fue lo último que vi.”

APUESTAS Y CANCIONES. Cuando después de esperar años, sus lectores conocieron El gallo de oro tendieron a dejarlo de lado, como su propio autor. Sin embargo allí aparece un Rulfo curiosamente contento de narrar, de hacer fluir el hilo del argumento de un hombre con un gallo primero ganador y después muerto, y de su relación con Bernarda, una mujer alejada de las sufrientes madres e hijas de los libros anteriores, dedicada a cantar canciones populares y darle suerte a sus varones apostadores. De todos modos será llevada a la inmovilidad, la tristeza y la muerte por la necesidad (y necedad) masculina de la posesión, aunque con el tono de un vigoroso cuento de terror, un poco en la huella de algunos clásicos (“La dama de pique” de Pushkin, por ejemplo), lejos de las complejidades estructurales de Pedro Páramo o de la desesperación cósmica de El llano en llamas.

LA LEYENDA ESQUINADA. Después, desde 1953 hasta 1986, críticos y lectores de a pie esperaron, y esperaron, y esperaron. Empezaron las leyendas. Que Rulfo tenía miedo, por ejemplo. O que sus sucesivas promesas no cumplidas de compilar otro libro de relatos (Los días sin floresta) o escribir otra novela (La cordillera) representaban una astucia para no pisar la cáscara de banana de las expectativas descontroladas. Lo expuso con brevedad y contundencia Monterroso en una de sus fábulas, donde el Zorro publica un primer libro, y después un esperado segundo libro (que sería destrozado por quienes esperaban un afloje) mejor que el primero, para reservarse eternamente el tercero.

Es posible sin embargo que la astucia zorruna esté más en el propio Monterroso que en Rulfo. Según testimonian sucesivos reportajes, más bien no dejó de estar siempre en trance con sus textos, dándolos vuelta, corrigiéndolos levemente una y otra vez (como lo estudia Sergio López Mena en Los caminos de la creación en Juan Rulfo), considerándose siempre (como antes de él Onetti) un tipo que escribía “cuando me viene la afición, si no, no… a esto se debe que no termine La cordillera… pura afición, y no al éxito, al miedo, a todas esas cosas que se dicen.” Entretanto trabajó en el Instituto Indigenista desde 1962 lo que le permitió seguir en sus “andulencias”, sacando cientos de fotografías, opinando en un momento que el mejor poeta mexicano era Jaime Sabines, y en otro que el Premio Rómulo Gallegos a Vargas Llosa era “una imposición del grupo latinoamericano de París.” Un tipo tal vez “torvo, enjuto y trémulo” según lo describió Luis Harss, pero también dado a la sonrisa para adentro, a la investigación de archivos históricos, a la vida en familia cuando podía. Alguien a quien, cuando le daba la afición y escribía, no le ganaba nadie

 

Fuente:

 

http://www.diarioelpais.com/suplementos/cultural_00_10_13/index.phtml?2

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4 comentarios to “Sobre las cartas escritas por Juan Rulfo a Clara Aparicio”

  1. Muy bueno y completísimo el artículo. Sigo…más enamorada de la palabra de Rulfo!

  2. Es de lo mas hermoso y sencillo que he leido en mi vida..con el lenguaje pueblerino tan mio, que soy de por aquellas tierras también.

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