Soliloquio 1999 / Rosa Emilia del Pilar Alcayaga Toro

por chilemexico

Soliloquio 1999

Esa tarde lloré con todo el cuerpo.    Sentada sobre un banco en una plaza desconocida a la que llegué caminando sin rumbo un día viernes con los últimos rayos del sol. Los muertos levantan sus huesos y lloran a la espera de una pluma, me consuelan. Remecida por la congoja que viene desde adentro en que uno rabea consigo misma y escudriña hasta lo profundo para saber de dónde sale tanta mala pata. Y duelen los discursos y las palabras agarradas de soslayo que lanzan los de enfrente. Y el llanto aún no limpia los ojos más bien los enturbia. Los minutos arrastran su paso y extienden el silencio, despreocupados. En rededor manos inútiles. Cortas de cuajo las escasas sobaditas de consuelo. Nada detiene la congoja de meses sin trabajo. Ese día me levanté con un trozo de esperanza. Nunca debí hacerlo. La esperanza cuelga del techo. La quise encerrar en el cuarto oscuro de las desazones, pero ella pugnaba por salir y trató de apretarse a mí cada nueva aurora. Fue cuando resolví amarrarla y dejar que colgara como las cebollas del sur que trenzadas descienden hasta el borde de la cocina. Era extraño. Sin embargo, en tan incómoda posición dormitaba como si no le importara, tranquila, observándome durante las horas en que uno acuesta los párpados aunque no duerma, ella no aceptó ningún otro techo que no fuese el dormitorio. Contando meses con los dedos vacíos armaba aeroplanos y ya casi no salía a la calle. Dejé de contestar el teléfono. Me asustaba al escuchar su desafinada estridencia, sin ritmo, sin promesas. Sólo papeles llenos de ceros amenazantes iban al encuentro diario. Parecían hojas de una biografía desrielada que no encuentra durmientes para aterrizar y te persigue hasta debajo de la cubrecama con que ocultas tus patas de gallo. El ánimo marcó un descenso en la temperatura y el termómetro perdió sentido entre tanto hielo. Desmejoraron las paredes y el mantel ya no tuvo invitados. Un fantasma que tiró la sábana blanca y que se sintió inútil porque ya no quedaron cadenas, era un solitario, sin visitantes a quien asustar, desesperado, pensó transformarse en alguien útil a la sociedad.

¡Qué asco! Hubiese dicho: en otros tiempos todo fue mejor, pero no hay que mirar atrás ni pensar que todo pasado nos regocija. Nada es tan peor si los días visten de azul, pero ya no hubo días que mirar sólo unas migas de marraqueta añeja, dura como tabla, que esperó mermelada de a peso que botan en las esquinas. Y sólo quedó el plástico de las tarjetas que ahorcan la hoja de vida. Y ya estás fuera. Sentí vergüenza al encontrarme. Por eso no salí nunca más. Hasta esa mañana. La pregunta acostumbrada me bombardeó desde su isla donde viven todas las interrogantes. ¿Qué estás haciendo? Y la nada no salió de los labios. Sólo acerté con unos breves monosílabos para escabullir el azoro que me subía desde los pies hasta la lengua y parecía un títere tratando de controlar los hilos del habla. Miraron con esa miserable conmiseración y dijeron como siempre “no lo entiendo, si tú eres excelente, qué lástima” o bien “déjate de protestar que ya nadie te agradece” o talvez evasivos “veré si hay algo y te aviso” y huían rápido como si tuviera peste. Había otros que optaron por cruzar la calle para no saludarte porque el estar cesante podía contagiarlos. Eludían el encuentro. Yo también opté por desentenderme y evité las arterias transitadas, me quedaban las venas. Luego busqué refugio entre las cuatro paredes. Escondí mi cara en una cueva sin nombre y no hubo tregua. Sentí que caía a un precipicio. Y ya no hubo más dolor. Lo encerré en mis riñones para deshacerlo de tanta agua que bebí y así, bien disuelto, bajaba por la alcantarilla. Era el abandono total en un mundo hecho de vitrinas luminosas, repletas de maniquíes felices con los que todos se masturban, que sólo ríen a los visitantes happy sin culpas ni discursos, en el que sólo se admite a los que pelean por la no-extinción de las ballenas mientras los seres humanos arrastran su hambre sin nadie que forme comités para defenderlos. La esperanza no descansa en ese dormir boca abajo, igual que un murciélago observa mis lágrimas que al secarse ruedan por la pieza para amontonarse igual que el polvo debajo de la cama. Lloré porque hubo promesas de un puesto para practicante. No importa, dije, tendré que demostrar que al cabo de 20 años de darle duro a un teclado podía escribir el obituario del matutino que llamó. Ganar sólo algunos centavos era ya una odisea que alegra y la boca rió por primera vez después de tanto tiempo. Las piernas recorrieron ese lugar minuciosamente. Las manos revisaron la silla. El computador miró tranquilo al nuevo huésped con un dejo de sorna. A cuántos contempló, igual de felices, aunque el texto fuese funerario. Mañana debes pasar por la oficina de personal para recibir la credencial y los cheques restaurantes de cada día. No hubo muchas palabras. Para este cuerpo era suficiente. Y luego de gastar las últimas monedas en un café en el que me abandoné a rememorar todo lo ocurrido, repasé los verbos escondidos. El mismo café que, muy de vez en cuando, observó mis lágrimas impúdicas de tanto que lavaban mi rostro desaliñado y pálido. Suspirando hondo soñé. Prometí escribir con alegría, sin reclamos, lo más alegre que pudiera, la retahíla de difuntos. Y me pareció que las respectivas misas habían de ser bailables. Y hasta los cementerios me parecieron acogedores después de todo. A lo mejor puedo escribir acerca de la vida de los difuntos en esos valles del recuerdo que los acogen. Quizás arme una historia reconfortante. Que los muertos en ese otro mundo son más felices que los vivos. Vaya uno a saber. Los diarios dicen tantas cosas. Y yo estaba dispuesta. Soñé tanto que quise abordar el aeroplano que tejieron mis dedos para remontar el cielo propio. Encaminé hacia la casa. Una vez en ella limpiaré todo, prometí. Descolgar la esperanza será lo primero, aunque vuelva a aferrarse a mis tobillos. ¡Qué porfiadez la suya! Abriré las ventanas. El sol tendrá permiso de nuevo. Y con el limpiavidrios lustraré los rincones hasta dejarlos transparente. Buscaré sábanas limpias. La ropa sucia viajará a su lavandería. Armaré un hueco en la cama. Y compraré duraznos en tarro y crema Nestlé al igual que cuando era niña cuando llegaba la navidad. El cansancio de los días precedentes colgó los guantes. Despertó el sol. Las hierbas estiraron la magia e irguieron sus sabores medicinales. Sólo escasas horas y el sonido del teléfono, nuevamente, descerrajó el aire. Antes nunca hubo alguien que lo atendiera. Me negué a levantar el auricular desde la última vez que llamaron para decir usted debe abandonar el refugio y morir hasta que pague todas sus culpas, sobre todo las ajenas. Un poco temerosa entonces como comprenderán repetí en voz baja… aló. Una voz que asaltó ridícula dijo con meticulosa distancia: mira hubo un error, fíjate que el obituario no lo estamos publicando, no es que no haya más muertos, lo que pasa es que ya no es como antes, ahora publican los fallecimientos en la sección economía y negocios. En crónica sólo nos interesan los vivos y como tú comprenderás no quedan muchos. Alguien se equivocó o no estaba al tanto. Eso ocurre a veces. Te pedimos disculpas. Mi boca cerró de lila los duelos que arrastran los supervivientes y con rabia le disparé al sol de inmediato dos tiros en la cara y cayó justo encima de la mesa donde aún reposa el tarro de duraznos recién abierto con el que liquidé mis venas. Era un viernes de tarde.

Rosa Emilia del Pilar Alcayaga Toro

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6 comentarios to “Soliloquio 1999 / Rosa Emilia del Pilar Alcayaga Toro”

  1. Hola Rosa, que gusto leer este cuento tuyo aquí en la página de la agrupación. Me gustó mucho tu narrativa, y claro el mensaje que transmites a través de tu historia es fuerte, pero es de esos mensajes que deben ser comunicados, es el sentir de tantas personas que tal vez no tienen el don como tu para escribirlo pero a quienes has confesado estupendamente con tus palabras. Espero que podamos seguir leyéndote.
    Saludos cariñosos.

  2. Muy bien lograda la atmósfera de desesperanza en el relato de Rosa. Ello, ayudado por la forma de escribir ininterrumpidamente con un lenguaje casi poético por sus imágenes, hace partícipe al lector del ambiente asfixiante y sin salida que afecta a la protagonista.
    Gracias por compartirlo, Rosa.

  3. Gracias queridas amigas por sus palabras. Me alegra que les guste y lo mejor es que a través de las palabras nos unimos. Leernos es un ejercicio que hermana. Cariños.

  4. ¡¡¡UNA IMAGEN DE DESESPERANZA DE PE A PÁ!!! UN TRABAJO BIEN LOGRADO…UN MENSAJE HASTA EL TUÉTANO. SINCERO…¿DESCARNADO? NO, NO LO DIGO. ¡LO ES!…
    DEJASTE CORRER LA PLUMA SIN PARAR. EL TEXTO, AUNQUE EL OBJETIVO ES ESTÁTICO, SE MUEVE Y SUBE CONSTANTEMENTE. BUEN MANEJO DEL IDIOMA. TODO OKEY…
    ¡QUÉ ORGULLO SIENTO POR TI!
    “Esa tarde lloré con todo el cuerpo”……………..”Era viernes de tarde”: CIRCULAR.

  5. el relato es un poco rebuscado, lleno de lugares comunes, trata de lograr cierta atmósfera pero lo que logra es confusión y desinteres…me parece un poco-mucho academicista …le falta calle

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