Señoras del buen morir, Adriana Valdés.

por chilemexico

Reseña sobre “Señoras del buen morir”, de Adriana Valdés. Santiago: Orjikh Editores, 2011.

 Por Juan Pablo Belair

Por fin de vacaciones. Como de costumbre saqué con anticipación mi boleto de tren y llegué con holgura de tiempo para acomodarme y empezar un libro de poemas que me espera hace meses. Por la ventana veo a la gente que se arremolina en el andén conforme se acerca la hora de salida, hay emoción contenida, mucha de ella se desata con el pitazo de partida y el último adiós de quienes despiden la partida de sus seres queridos.

En fin, abro el poemario y mi tranquilidad se ve de alguna manera interrumpida por un par de señoras que se sientan frente a mí dando notorias muestras de cansancio pero aparentemente alegres de emprender el viaje. No puedo concentrarme, estas mujeres conversan con tal fruición y profundidad que me voy quedando suspendido en la interfaz que se produce entre mis ojeadas al libro y la lectura de los poemas y mis ojeadas al libro como estratagema para oír a hurtadillas su conversación.

Una de las señoras, de aspecto serio y solemne pero de sonrisa amable, es la que lleva la conversación y, aunque he tratado de escuchar sin alzar la vista hacia ellas, se me hace imposible cuando esta misma señora eleva un poco el tono de la voz y dice: “Déjenme morir en mi ley” (9). Pero ¿quién es la que habla? – me pregunto en el silencio sepulcral de mi conciencia pasada. Y es que la discusión filosófica respecto de la eutanasia y el bien morir se ha desperfilado un tanto a causa de algunos intereses corporativos. Y, entre la impotencia y la desazón ante ello, ya me suena manida y, por tanto, eternamente pendiente. Pero no es ese el punto ahora: ¿Hablará del derecho a decidir morir? Dejo mi pregunta caer en lo hondo de mi existencia –y la de todos- cuando le escucho: “denle a mi corazón permiso/ de cansarse….”. ¿Por qué otros tendrían la atribución de permitirle semejante decisión? ¿Quiénes? ¿Sus hijas? – Distingo que el primer poema del libro que tengo en mis manos está dedicado “a mis hijas”. ¿A ellas se referirá la señora de sonrisa amable? Luego, quitándole la vista a su interlocutora, pareciera decirse a sí misma: “quisiera estar conversando con una de ustedes/ decir ¡ah! y quedarme, / o tenderme por un dolor de cabeza/como cualquier otro día/ y no despertar más. Por nada…”. ¿Hay aquí impotencia o deseo? Es el grito de auxilio o una forma de decir, de espetarles a todos: ¡déjenme equivocarme, estar por alguna vez fuera de control, lejos del control de las cosas! Pienso- es el cansancio de la mujer y de una humanidad entera a lo largo de la historia ¿Quién no ha dicho ¡ah! como quien exclama y deja escapar un lamento, una interjección de desfallecimiento, una expiración forzada, un enojo? Especialmente –ahora siento más que pienso- cuando quisiéramos no despertar más. ¿A quiénes les habla esta señora con la dureza de una denuncia? ¿A los médicos? ¿Por qué ese derecho -y es considerado como tal aunque se pague una fortuna por él- “a no entrar en las máquinas infernales, infinitas/ en recambio de piezas, en un aire mecánico,/ en la fila desgraciada respirando al unísono”? ¿Le hablará al sistema de salud al cual no quiere pertenecer? Así parece cuando habla de la “industria de la muerte” – ¡qué paradoja! O cuando casi balbucea un especie de último deseo: “Ahí es donde no quiero estar/ en las usinas de la industria, hecha pelele, hecha cifra/ de contabilidades mezquinas, hecha presa/ de los largos dedos fríos de la usura. Y recuerdo mis clases de ética en la universidad y los dilemas que debíamos trabajar a través de ensayos. ¿Qué derecho puede estar sobre la vida? -preguntaban algunos, con el desparpajo de estar enunciando la única verdad universal. Yo pensaba, pero de qué vida estamos hablando ¿tendremos las mismas ganas de vivir cuando seamos más viejos? Mal que mal la vida es el envejecimiento del cuerpo. ¿Tendremos ganas de vivir si esta sociedad que hemos construido nos discrimina cuando más la necesitamos, cuando lo hemos dado todo? Quizás vivir se parece más a la experiencia de la vida que a unos cuantos indicadores clínicos: “El hálito vital es otra cosa/ no un respirador mecánico…”. Y si es así, el deseo de vivir puede en algún momento pasar por desear morir, en el momento cúlmine de nuestras existencias, no en el desenlace cruel y cuesta abajo del deterioro orgánico que inevitablemente contamina toda la existencia (de ahí que los franceses sepan de lo que hablan cuando se refieren a la pequeña muerte). –“…el hálito/ sopla donde quiere y donde quiere se va”/ y marca un ritmo, y tiene consonancias” ¿Para que extender una vida mecánicamente que no es vida, que es lo contrario, es sufrimiento y muerte para todos? Dejemos al cuerpo que muera y dejemos a nuestra alma que muera de la mano de nuestro cuerpo, cuando lo desee, cuando sea el momento, sin que Nada ni Nadie, ni ellos, ni nosotros, ni Él (que es él y unos cuantos cómplices más) decidan por uno. Estaba en esas cavilaciones, escuchando la conversación de fondo, cuando esta señora se incorpora en el mismo asiento y sin ponerse de pie pareciera pronunciar una arenga: “Señoras del buen morir, yo quisiera evocarlas/ ‘retirándose con dignidad’(…)/ y muriéndose como antes, como yo quiero morir/ si todavía se puede, todavía, ojalá”. Quedé paralogizado. Absorto en esa última sentencia: esa condición, esa posibilidad, esa súplica; todo junto. Se volvió a acomodar en el asiento y cerró los ojos lentamente, como si unas manos invisibles hubieran cerrado sus párpados delicadamente.

Pero esto no es un ensayo ni un experimento controlado, es la “vida real” o lo que acordaron que eso era, aunque hablemos de la muerte, porque cuando hablamos de la muerte aún hablamos de vivir, de respirar, de acumular años. La señora de la sonrisa amable se vuelve a inclinar, saca una hoja, más bien una esquela para cartas y comienza a escribir. Su letra sin lugar a dudas pasó por los rigores de la caligrafía, por tanto entre sus bostezos alcanzo a descifrar, con alguna dificultad para no ser sorprendido, lo que parece ser una carta a su abuela, al menos la primera línea dice: “pronto cumpliré los años que tuviste, abuela”. Pienso en Mouat y su El empampado Riquelme. Luego escribe: “en un año más seré mayor que tú”. Sigo pensando en esa fabulosa obra de Mouat y aquella historia del montañista que encuentra a su padre, también montañista y desaparecido cuando él era pequeño; lo halla en la montaña congelado y conservado a una edad menor a la que él, su hijo, tiene en ese momento. Prosigue escribiendo: “te estaré sobreviviendo/ diez o veinte años, al amor de adelantos de la medicina”. Exhalo, miro hacia adentro e imagino que esta señora hubiera deseado ser como su abuela, al menos en el bien morir, ella sí –quizás- fue una señora del bien morir. La medicina puede hacernos supervivientes, pero ese obsequio puede transformarse en un presente no deseado, catastrófico. Entre la inquietante sensación de la sobrevida a nuestros padres y antepasados, decido no seguir “espiando” y retomar mi lectura, doy vuelta la hoja y el segundo poema se llama “Victoria pírrica” (11). Qué fortuita coincidencia o qué designio de algún poderoso me sorprende como una oveja pastando confiado en los cuidados del pastor, que me apresa tal como a un tetrapléjico, vivo pero sin voluntad, sin poder, en la peor tragedia escrita alguna vez, y me enfrenta sin alternativa con los últimos versos del poema: “diez o veinte años de regalo: cómo hacer/ que no sean/ un presente/ griego”.

El recorrido del tren no está exento de turbulencias. Mientras más intento apaciguarme y forzar el ritmo que me impone, más tardo en descansar definitivamente. Siempre es así. Ya de noche, a la luz de la luna, prefiero observar como duermen en paz los pasajeros pese al incesante movimiento del coche. Tanto así que la señora en su sueño no se ha dado cuenta de que de entre las hojas de su libro cae una hoja más pequeña. La recojo. Me llama la atención su material. Es un papel distinto, transparente, con una letra en itálica, solemne y en inglés. Es un poema, cuyo segundo verso es el nombre del sublime poema de Dylan Thomas: “Death shall have no dominion”. Es una suerte de bonus track: “y la muerte no se impondrá” está manuscrito como traducción a un costado. Prefiero creer que es un mensaje secreto, un código aparte que sigue hablándome de la vida y de la muerte como una cuestión de decisión, de poder, de dominio. Esta vez me parece que la muerte omnipotente no es la muerte del cuerpo sino el olvido perpetuo y, la vida, sólo un instante únicamente consciente durante su tránsito. Antes de cerrar mi libro y decidir dormir, leo los últimos versos, hermosos versos que elijo para terminar la jornada, y que esta señora de sonrisa afable, independiente de que fuera una prestigiosa académica, una crítica literaria de fuste o una poeta extravagante que guarda sus poemas hace más de 30 años, me ha dejado caer como un testamento: “y la muerte no se impondrá / sobre el libre remolino de polvo /que alguna vez yo fui / he de reaparecer de vez en cuando / como pájaro, nadando sobre las olas del mar, / como susurro, / como fugaz olor de jazmines, / como un matiz extraño entre las hojas…”

Al otro día me despierto. Las señoras del bien morir ya no están frente a mí. Se han bajado en una estación anterior. Prefiero creer que así lo han decidido y esbozo una sonrisa cómplice. Decido por mi parte abrir mi poemario y continuar: mi libro tiene aún hojas por llenar.

Hay conversaciones que no todos pueden sostener, ni siquiera aspirar a tenerlas. Así me sucedió con Señoras del buen morir, el último poemario de la académica, escritora, ensayista y crítica Adriana Valdés. Sentí que leía una suerte de conversación en clave entre una hablante -una sabia o elegida- que goza de un estatus que le permite enfrentar, o al menos establecer, un diálogo profundo sobre lo que siente –y sabe- es el bien morir. Ahora, cuando hablo de claves reveladas en parte, no digo que se trate de una poesía críptica o incomprensible; al contrario, pareciera tratarse de una conversación cotidiana con la muerte, una conversación como cualquiera otra, y pareciera que quien tenemos ante nosotros fuera una persona común y corriente. Habla de igual a igual, como si no tuviera nada que perder, como si esta poesía, fuera el lenguaje -que se sugiere- únicamente posible y apropiado para esta charla trascendental. Pero no se trata de una usurpación ni una afrenta a la intimidad del hablante, de ahí que puedo escuchar o leer esta conversación, toda vez que aquí se habla de lo que todos somos o seremos (la diferencia es una cuestión de tiempo, no sólo verbal), pero desde una posición privilegiada, aunque intente desconocerlo.

Son dieciocho poemas de morir, tres de ellos también como volantes, palomitas, cartas que “se irán directamente/ al cielo” (“Cartas”, 31) y escritos en inglés por si los ángeles. La música y la plástica son imágenes y texturas que componen con ritmo y cuidada elegancia la partitura sobre el lienzo. No sólo por ”Schubert” (49), poema breve: “ante la muerte/ todos seremos doncellas”; que sorpresivamente pareciera incluir a hombres y mujeres, y con una buena coda final: la paráfrasis mistraliana que propone doncellas por reinas, simplemente porque si no, no sería Schubert. También por la disposición del libro que resuena a una sinfonía escrita en 4 movimientos. En el primer movimiento el recurso retórico ante la muerte es normativo; están como ya se reseñó: “Déjenme morir en mi ley” y más adelante “And death shall have no dominion” (13). Continúa con “Para mi entierro, instrucciones” (15) donde el hablante dice preferir en su entierro la música a las palabras vacías, “la nota falsa” en las palabras que sí puede reconocer desde su oficio. Es sorpresivo su remate: “De música sé muy poco/ es más fácil engañarme/ hacerme feliz”, puesto que al menos podrían extraerse dos conclusiones paradójicas: la felicidad está en el engaño; y en su trabajo con las palabras no siempre fue feliz. Termina con la “Muerte propia” (17), dando el tono de lo que es el segundo movimiento, donde habla de sí misma, desde cómo percibe a la muerte en “La muerte entra por los pies” (21) y tres crudas declaraciones de una hablante mujer que le habla a otro y se lamenta de “no haber sido a tu lado/ nada más que esta pobre mujer/ incapaz siquiera/ de clamar al cielo” (23); que se percibe a sí misma como una de las tres parcas en “Yo, la devanadora” (25); y enfrenta a un tercero a quien le dice “qué sé yo de tu muerte” (27). El tercer movimiento se llama “Nunca más” y empieza con “Cartas”, ya mencionado, continúa con “En viaje” (33) donde hace una alusión fantasmagórica al reflejo de alguien en la ventana de un tren, continúa con “Louvre, septiembre 2007” (35) y la evocación de una mujer mayor movilizada desde las antigüedades orientales dentro del museo hasta la presencia del cuervo del poema de Poe sobre el prado; y finaliza con las propias “Esculturas francesas” (37), una prueba irrefutable de “la fragilidad de nuestra carne”. El último movimiento es una provocación, una amenaza probablemente, y se llama “Muerte, no te la creas”. Más allá de usar la clásica personificación de este estado, comienza haciendo un “Balance” (41), propio de quienes aún vivos experimentan la muerte de su “gente conocida”; entre ellos le escribe “a F.F, el día de su muerte” (43), texto que termina con una pregunta insondable: “¿O es que cada uno/ llora nada más que por sí mismo/ en esta soledad de la mañana?” Pareciera que estos últimos poemas fueron los últimos que escribió, tal como lo sugiere “Sin título” (45) que retoma la constatación de estar más vieja que la mayoría de sus amores muertos y lo expone una vez más como un hecho favorable: “tuvieron la felicidad de morir”, en el doloroso sentido de reconocer en la vejez una “caricatura de sí mismos”. Y es un cierre circular al problema del bien morir presentado desde el inicio. El libro termina con dos poemas. El penúltimo toma una idea tratada en la poesía y en las artes: la de la muerte como el “último amante” en “La muerte puso residencia en mí” (47), que retrata a una muerte física que sí tendrá dominio, y el ya mencionado “Schubert”, que más allá de lo reseñado, como consecuencia del poema precedente concluye la provocación del último movimiento. Vale decir, si primero y desde siempre la muerte nos terminará  poseyendo (física o sexualmente), aquí dice que seremos doncellas, seremos sólo eso: la muerte y la doncella.

Este poemario le habla a señoras, pero no desde la exclusión, sino desde la identidad y desde la causa filosófica del bien morir que pretenden. Y habla fundamentalmente, desde diversas perspectivas y con diferente recursividad, de la impotencia ante el morir como proceso y ante la muerte como estado final, desde el hecho inevitable pero indeseada y progresivamente controlable en cuanto al momento en que ocurre y a las condiciones en que sucede, y de cómo la muerte, la única certeza vital, hagamos lo que hagamos finalmente nos sorprende. Mi amigo el poeta Roberto Aedo, a propósito de Altazor, me dijo: “la muerte es irresistible, la poesía la detiene, pero no la evita”. Si así fuera, el poemario de Valdés es un buen paracaídas.

4 comentarios to “Señoras del buen morir, Adriana Valdés.”

  1. Juan Pablo, me imaginé en el mismo tren, ello me hace pensar en Girondo, no sé por qué. Gracias por compartirnos la lectura y lo mejor, la forma de leerla.

    Un saludo.

  2. Muchas gracias. Eso intento hacer, una reseña que no sólo dé claves de lectura sino que además sea en sí una nueva lectura. Saludos para ti.

  3. Nunca ha sido fácil hablar tan directamente de la muerte. Sobre todo de la muerte digna. Tal parece que hacerlo es despertar el morbo sobre el necesario sufrimiento prolongado e inútil de los respiradores, de las sondas, del ambiente terrible de los hospitales. Me parece un excelente trabajo sobre este fenómeno que nos espera y la disposición del autor en cuanto a el derecho a una muerte digna. Saludos afectuosos

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