Ella, la copa – Hugo Suarez

por chilemexico

ELLA, LA COPA

La copa estaba ahí, estática, intacta, centrifugando su estado de reposo absoluto a todo lo largo y ancho del local. Él había permanecido largo rato en un estado de hipnosis, sin la mínima intención de beber una sola gota de su contenido (y eso que era de un hermoso color ámbar, y a juzgar por el aroma, debía ser de buena calidad) ¡No se podía concebir que alguien llegara a una cantina, pidiera una copa y se pasara la tarde sólo viéndola sin tocarla!

 Y allí se hubiera quedado.

 Pero aquellos mariachis y aquel tequila, no los del entorno real sino los de la canción, lo remontaron hasta aquel desdichado día en que Mónica le anunció su irrevocable decisión de irse para no sabía dónde.

Me cansé de rogarle,

me cansé de decirle…

 -No te vayas. Hagamos un esfuerzo de tratar de entendernos -había aventurado él con debilidad en aquella ocasión.

 Pero es muy difícil llegar a acuerdos cuando una relación de pareja se ha deteriorado a fuerza de mentir, fallar y ofender. Ella había cumplido religiosamente con su papel de esposa, sacrificando, inclusive, algunas aspiraciones personales que como mujer se había trazado. Él, en cambio, a poco de haberse casado, empezó a dar muestras de que algo no había salido bien o de que había equivocado la elección.

 Empezó por descuidar las elementales obligaciones de esposo, a llegar tarde y a pretextar cansancio para irse a la cama sin siquiera dar el beso de las buenas noches. Eso fue menguando el amor con el que Mónica creía haber construido su matrimonio; y eso, lo que la orilló a tomar la determinación de marcharse.

 Ya no quiso escucharme,

si sus labios se abrieron…

 -¿Que no me vaya? ¡Qué fácil se te hace decirlo! Como si creyeras que de mí depende quererte -había respondido Mónica con una voz que se diluyó antes de ser oída. Pero la suerte estaba echada: se iba.

 En cambio ella, la copa, ella sí parecía estar dispuesta a quedarse. Y si en ese momento, alguien externo a esa atmósfera hubiera congelado el instante, habría obtenido esta imagen para la posteridad: un rayo de luz trepanando un recipiente de licor y enfrente un bebedor indeciso.

 Permaneció así hasta que de nuevo se aglomeraron recuerdos de cuando ellos se conocieron, de cuando juntos retozaron en torno a la idea de un futuro indefectible, fuertemente asegurado con amarras de la más sólida ilusión. De cuando, inclusive él, que sólo intervenía lo elemental para proponer, le había pedido a ella no se fuera a negar a tener un hijo en la primera oportunidad, que quería llegar a ver hasta sus bisnietos si era posible. Ella, que no sabía oír otra palabra que no fuera la de él, dijo que sí, que si quería podían empezar de una vez. Y rieron presas de la más tierna emoción, dando por hecho de que sólo era un decir, pues ambos estaban convencidos de la limpieza de esta relación.

Yo sentí que mi vida

se perdía en un abismo…

 Así siguió, jalando y jalando el hilo de los recuerdos hasta que, como un inoportuno visitante al que quisiera uno cerrarle la puerta, asomó el par de lágrimas, sucumbió el nudo de la corbata y se hizo presente el nudo en la garganta.

Y con la fuerza que dan tanta amargura acumulada más el taladrante ruido de una cantina, convencido de que en este mundo las mujeres están de sobra, él decidió cauterizar sus heridas con todo el tequila de que era posible disponer, y simplemente mandar al diablo el recuerdo de Mónica.

Quise hallar el olvido

al estilo Jalisco…

La copa se mostró ante sus ojos, entonces, magnífica y provocadora, como una mujer de la calle que se aparece en la vida de un hombre cuando éste se encuentra solo. Él se la llevó a los labios y sintió, con los ojos cerrados, la delicadeza del cristal. Repasó mentalmente el talle que tenía entre sus manos y pensó en Mónica, en alguna remota tarde en que la tuvo así, con la respiración agitada y el aliento ardiente, como copa de tequila. Apuró el contenido de una sola vez y sintió un golpe caliente en la base del cráneo. Sobrevino, luego, una gran depresión que lo hundió casi hasta el fondo de la mesa, dejó la copa vacía en el lugar donde había permanecido toda la tarde y se puso a llorar y a llorar como un chiquillo, en medio del desconcierto de los presentes.

Pero aquellos mariachis

y aquel tequila…

me hicieron llorar.

NOTA:

La canción Ella, del entrañable José Alfredo Jiménez, es una pieza representativa de la música ranchera mexicana.

Sin que lo supiera él (pues como si murió en 1973), escribí hace algún tiempo este cuento, cuyo cualquier parecido con la realidad del mexicano, es pura, puritita casualidad. Para saber de José Alfredo, les propongo este link.

http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Alfredo_Jim%C3%A9nez

 

DESDE LA TIERRA DE SABINES, CHIAPAS, MÉXICO, UN ABRAZO.

J. HUGO SUÁREZ DOMÍNGUEZ

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11 comentarios to “Ella, la copa – Hugo Suarez”

  1. Hola Hugo, que gusto leerte, sobre todo una creación tan mexicana; es cierto, nosotros los mexicanos tenemos dentro de nuestro consciente colectivo una forma muy particular de sentir y reaccionar ante las situaciones de la vida y tu no pudiste haberlo dicho mejor.

    Un saludo cariñoso.

  2. Un desarrollo ingenioso del tema que calza, cuidadosamente, con la letra de la canción. ¡Y vaya que sí conozco la canción! Te cuento, Hugo, que mi madre (ya fallecida) era una admiradora de este cantante y de varios más de tu tierra. De pequeña oí siempre a Javier Solís, Cuco Sanchez y otros que con sus apasionadas canciones llenas amores desgraciados o no, eran la admiración de muchas personas que hacían de la radio su mejor medio de entretención y compañia.
    No ha cambiado mucho el gusto en Chile por la musica o intérpretes mexicanos. Con otros nombres y estilos, ellos siguen siendo admirados y muy bien recibidos en nuestra tierra. Ayer nomás estuvo en Iquique Juan Gabriel!

    Mira para toda la rememoranza que me dio tu cuento!

  3. GRACIAS, SHEYLA; GRACIAS, AMANDA. MIENTRAS LO QUE ESCRIBIMOS MUEVA LAS FIBRAS INTERIORES, ESTAMOS BIEN PAGADOS.
    UN ABRAZO.

  4. he leido con agrado este cuento efectivamente ya me tome la copa jajaja y si que me hizo llorar, enhorabuena mi querido maestro, como siemore es un placer leerlo

  5. Muy bonita publicación Mtro. Hugo. El romanticismo con que hace la narrativa aunado a los gratos lugares en que el tequila se produce, me hace pensar en Tlaquepaque Jalisco, que maravilloso lugar, que supongo Don José Alfredo Jiménez tenia mas que mil motivos y vivencias para inspirarse; lo felicito Maestro por su creatividad.

    Mi respeto.

  6. SI,DEEFINITIVAMENTE MUEVES LAS FIBRAS INTERIORES,NO ES EXTRAÑO,YO SE QUE ESCRIBES MUY BIEN,QUE SACUDES EL SENTIMIENTO Y PONES A PENSAR,NO SOLAMENTE CUANDO VUELAS,TAMBIEN AQUI,PUES LO QUE VUELA ES EL RECUERDO,LA IMAGINACION Y EL SENTIMIENTO,FELICIDADES HUGO,TE SALUDO CON AFECTO Y RESPETO.
    LEANDRO MOLINAR MERAZ

  7. Mtro. Hugo Suárez. Muchas gracias por compartir la magia de su inspiración, cuento que escribio con letras inborrables que permanerán para siempre, escritas con tintas que hacen camino aunque se derrama en el camino, cada escrito que hace usted, es como si hubiera subido a un escalón de la ecalera y no solo mira a la escalera, sino hace un esfuerzo hasta el máximo, los grandes personajes siempre escriben sus sueños y no lo abondonan, con sus escritos es un espejo de seguir como ejemplo.

    K’ax lek a wat’el mamtik Mtro. Hugo. ¡Felicidades!

  8. Qué gusto leerte querido Hugo. Como siempre en vena creativa, en este caso con algo tan mexicano como el tequila, la música de José Alfredo y el machismo. Saludos cariñosos

  9. No cabe duda que tengo un papá con los elementos necesarios para expresar esa palabras que hacen volar tu imaginación, me gusto, por un momento vi esas escenas en mi cabeza.

    Eres genial.

  10. Soy jalisciense y aún me pregunto cómo es “olvidar al estilo Jalisco”.

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