Tan sencillo como eso, Hugo Suarez

por Patricia Gomez

TAN SENCILLO COMO ESO. . .

J. Hugo Suárez Domínguez / Chiapas, México.

Usted llega a su casa después de un intenso día de trabajo. Viene exhausto, como es natural. Durante los últimos años, en los que la vida parece haber perdido su atractivo de antes, usted, a las nueve en punto, arroja el pesado fardo del trabajo (más pesado entre menos amigos se tiene) y se declara, en nombre de sus más elementales derechos, ciudadano libre del mundo; los segundos que suceden a esta acción, lo llevan a la conclusión de que por el momento no hay experiencia más gratificante que atravesar el umbral de su casa, respirar profundamente, aflojarse un poco la ropa y beberse de golpe un trago de esa especie de ínsula propia que le permitirá desconectarse del mundo, aunque sólo sea por el lapso que hay entre jornada y jornada.

 No le importan realmente los puntos que ese día recuperó la bolsa de valores. Una, porque por más explicaciones que ofrezcan los solícitos conductores de los noticieros del mediodía, usted no tiene ni el más remoto motivo para considerarse interlocutor en esa clase de razones financieras; y otra, porque qué rayos va usted querer entender a tales horas de la noche cuando la verdadera bolsa, su bolsa, a estas alturas de la quincena está rotundamente descalabrada.

La soledad que sobrevino a su viudez, hace ya tantos años, lo dejó a usted navegando por la vida sin rumbo predeterminado. Otra cosa hubiera sido si usted hubiera tenido hijos, pero no, no hubo tiempo ni para eso; ni siquiera para disfrutar un poco con la pareja. Y cuando se tiene esa clase de carácter que usted tiene, apacible, respetuoso y sobre todo leal, se hace difícil pensar que otra pueda ocupar el lugar que quedó vacío. Esto le da a las jornadas laborales una connotación de travesía inacabable de la que parece nunca va uno a salir con vida.

Además, usted se ha convencido de que el día es una suerte de aventura peliculesca para la  que hay que estar convenientemente templado si se quiere sobrevivir. Las canciones de la onda grupera, que están para llorar, serían la primera y más que suficiente razón para sucumbir; pero hay otras, y no identificarlas sería mostrar vulnerabilidad: los resultados de la selección mexicana, por ejemplo; el transporte colectivo, las promesas de los candidatos y las transas del partido mayoritario, la inestabilidad del clima, los brillantes resultados de la negociación del aumento a los salarios, la leche adulterada, la halitosis y la conversación del vecino, el alza moderada al precio de la tortilla, el joven cobrador que no sabe fallar, el viejo automóvil que sí sabe fallar, los mítines, las alianzas electoreras . . . Uf.

Entonces usted, luego de resistir heroicamente este repaso mental de las vicisitudes del día, piensa, con toda justicia, que lo menos que puede merecer como ser humano es llegar hasta el rincón preferido de la casa, quitarse los zapatos, despojarse de los calcetines lo más despectiva y parsimoniosamente posible y calzarse ese par de añoradas, reconfortantes, deliciosas sandalias que le permitirán a sus pies retozar en ansiada libertad, como escolar cuando oye la campana del recreo.

Pero una terrible frustración está a punto de asaltarlo. Ya está usted descalzo. Ya su estado de ánimo está preparado para hacerse merecedor de esa mínima, insignificante comodidad de andar por su casa sin el engorro de los zapatos. Llega hasta el armario donde deberían estar en sumisa y leal espera el par de sandalias. Con los movimientos más naturales estira la mano para hacer la atrapada del día y, oh, decepción, se encuentra con que las sandalias no están en su lugar, que por obra de quién sabe quién (ésta sin duda fue la Manuela) las sandalias han desaparecido, cambiado de lugar o simplemente dejado de estar allí, caramba, pero si es lo mismo; y yo que tenía la esperanza de que si afuera el mundo camina desenfrenado, por lo menos en mi casa hubiera orden, que como premio a los sufrimientos que se pasan por las cosas que pasan yo pudiera llegar, aflojarme todo y abandonarme a los placeres mórbidos del albedrío; pero no, uno llega, no previene que puedan ocurrir imponderables que le hagan trizas los planes, se llena de desilusión, se acongoja, entra uno en un estado tremendamente depresivo y no queda más que refugiarse en una idea que nadie nadie nadie tiene derecho a impedir que se realice: ponerle fin a tanto caos, dándose un tiro en la cabeza…

 Tan sencillo como eso.

*Publicado en el libro Sólo tengo el viento de un lápiz. Editorial Viento al hombro. Chiapas, México. 2003.

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5 comentarios to “Tan sencillo como eso, Hugo Suarez”

  1. Me encantó, Curiosamente me siento un tanto identificada con esta sucesión de acciones. Gracias por compartirlo.

  2. Lo cotidiano escrito con excelencia, mueve el interés, cautiva. Conduce a descubrir la frustración que causan las cosas simples y el pensamiento del suicidio que surge y se apaga como llamarada de petate. Al fin de cuentas, sólo son cosas vanas.

  3. Una perspectiva de la intimidad de un ser humano perfectamente narrada, que logra, sin problemas, hacer que el lector o lectora se identifiquen de algún modo con el personaje en más de algún instanten de frustración en que a cualquiera nos parece…todo se derrumba sobre nosotros.

    Interesante……

  4. Si fuera obra plástica, este texto podría estar dentro de la corriente del hiperrealismo, tanto por las acciones tan explicitas y bien narradas, como por la identificación que cualquiera puede encontrar en el personaje. Saludos Hugo, sigo leyéndote.

  5. Como siempre Exelente mi padre.

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