Funes el memorioso, ensayo de J. Pablo Belair.

por chilemexico

Funes, un triángulo dentro de Borges, un círculo dentro del cuadrado Reyes

(la transfiguración de un hombre de Vitruvio) [1]

Breve ensayo del escritor, Juan Pablo Belair

1er ángulo: La catacresis, la batalla de Latinoamérica.

Borges dijo de “Funes, el memorioso” que “es una larga metáfora del insomnio” (113). Respecto de esta pura definición habría bastante que observar; por ahora me quedaré en lo siguiente: si lo leyéramos bajo la comprensión previa de que se trata de una metáfora, sería fácil de recordar -como el protagonista de relato- que Alfonso Reyes, en una de las distinciones planteadas en su teoría literaria, se refiere a la catacresis como un tropo “que es un mentar con las palabras lo que no tiene palabras ya hechas para ser mentado” (47). También agrega que es un procedimiento que proviene de una batalla entre la poesía y el lenguaje y que, como consecuencia, la poesía es un lenguaje que se crea dentro del lenguaje[2]. En esta línea de argumentación, este relato ¿sería una suerte de metáfora -o catacresis- fundamentada por el hecho de estar escrita mediante esta figura literaria, una imagen, una historia compuesta por elementos ya existentes y que ordenados de este modo constituyen un concepto, una nueva idea con la que se contribuye a la realidad? Si así fuera ¿cuál sería esa catacresis? ¿Cuál la nueva idea o contribución?

 Pero antes de proponer una respuesta tentativa, quisiera agregar un elemento adicional. Más allá de la mera asimilación del concepto poético de Reyes, aquel que se refiere a que si se lee un texto escrito se lee definitivamente ficción pura, no podemos dejar de reparar en que este relato se encuentra ubicado por el autor en un conjunto de relatos denominado “Artificios”, que a su vez compone el texto Ficciones. ¿Es esta catacresis, entonces, una ficción de Borges?

Si ésta fuera una obra de ingeniería llevada a cabo con materiales conocidos ¿cuáles serían sus partes? El relato señala que un tal “Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era… “un Zarathustra cimarrón y vernáculo” (118), vale decir, un personaje ícono del pensamiento antiguo como una de estas partes de la catacresis, pero varios siglos después y en un poblado bucólico del cono sur americano; lo que tiene que ver con las otras partes, el cimarrón salvaje, el animal que habita en las periferias de la ciudad y del conocimiento formal, pero también el esclavo americano, acervo de la nueva cultura postcolonial. Todos ellos, transfigurados en la persona literaria de Funes, pero que podríamos convenir también podría corresponder a la encarnación de Borges –definitivamente un alter ego, que se completa con el narrador del relato- como un sujeto nacido en tierra americana, construido por estas partes, incluidas las coloniales, y que levanta un discurso de pretensión universal al ser parte de ambas culturas que perfectamente podrían constituir un todo, al menos aspirar a ello. En este sentido, el que sea o no una ficción, no desmerece la intención de su batalla, desde la poesía o relato como un lenguaje prestado en sus partes pero que unidos (también los americanos) pueden bregar por la utopía de América.

 2° ángulo: La intención, el origen del mundo.

 La pintura de Gustave Courbet es frontalmente clara para denotar el origen del mundo, su título, de una manera un tanto biológica –o anatómica. Pero la idea de que haya un punto originario de una creación me es útil para comprender lo señalado por Reyes respecto de la intención, “el rumbo del flujo” (48), toda vez que el autor de una obra -también un humano como en Courbet, sin perjuicio que incorpore cierta información adicional -ancilar, continúa guiado por esta fuerza original. ¿Cuál sería, entonces, la intención del narrador, la de Funes, la de Borges?

La del narrador podría parecer explícita según versa el relato: un testimonio personal sobre un personaje tan extraordinario como entrañable y de quien se está elaborando un proyecto de escritura con quienes constituyeron su entorno: “aquellos que lo trataron” (117). Es una suerte de memoria –coincidentemente- sobre quien sobresalió por su portentosa memoria. Pero si retomamos a Reyes y separamos la paja del trigo ¿podría la información ancilar, en este caso, estar constituida por los datos biográficos de Funes, incluso su sorprendente anecdotario? Si nos asimos a algunos cabos del relato podríamos inferir que la intención del narrador del relato es mostrar permanentemente un parangón entre dos modelos, dos tipos de intelectualidad. Una, la de Funes, atiborrada de información acumulada, una internet donde la mayoría de su contenido bien podría ser basura[3]; frente a la del narrador, que se sugiere equilibrada entre el saber como conocimiento y una reflexión posterior a ello, un producto al que se le ha agregado valor. Es más, para el hablante, el recordar es un verbo sagrado que sólo Funes –se intuye- tuvo el derecho a pronunciar. No obstante, él está todo el tiempo recordando, un recuerdo de medio siglo ya, pero un recuerdo que a veces es “sentir entre paréntesis” y después de la palabra “razonar”. Vale decir, la distinción entre el recuerdo de un dato específico (ancilar) y un recuerdo de una experiencia humana elaborada (pura). Asimismo, y sin ánimo de extenderse, Funes es también para el narrador el salvaje ilustrado y, por tanto, un prodigio afuncional, desperdiciado; versus él mismo, intelectual, burgués y con intenciones –aunque no explicitadas- universales. Finalmente, la de un Funes que principalmente absorbe; contra la del narrador que incluso es capaz de –generosamente- escribir y apologizar a su compañero a través de un escrito[4].

La intención de Funes en toda su breve pero intensa vida, empero, es la reproducción de pequeñas partes de un mundo exterior, memorizadas con altísima precisión, que le sirven para crear su mundo interior. El anecdotario de su maravillosa memoria bien podría ser lo visible, sólo la punta de un iceberg, que la miopía narcisista del narrador le permite avizorar. Tiendo a pensar que un tipo como Funes, aunque fuera la creación del narrador literario y también la del autor, fija su membrana empírica en un mundo (re)creado por él mismo y, por lo mismo, es reseñado como el “precursor de los superhombres” (118), que propone “un vocabulario infinito para la serie natural de los números” (125) y que tiene él solo “más recuerdos que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo” (123). Ése es “el vertiginoso mundo de Funes” (125), dónde experimenta su vida humana, o al menos tiene la intención.

Y la intención de Borges, anteriormente mencionada como una catacresis, podríamos calificarla como una contribución al origen de un nuevo mundo; nuevo como antítesis del viejo mundo: Europa, pero que en realidad pretende ser una síntesis entre dos culturas que convergen; ese es el carácter de nuevo de América, no la América precolombina ni tampoco la colonizada. Borges da a luz un relato que en sí mismo y en contenido, es la intención de mostrar al mundo y dejarle como legado una obra de arte, americana.

3er ángulo: La memoria, un soldado universal

Recuerdo ancilar o memoria ética ¿A qué refiere este relato? ¿Tiene que ver este supuesto testimonio, un tanto infantil, pastoril, incluso nostálgico, con la experiencia humana? Más allá de las lecturas e interpretaciones posibles ¿no habrá aquí, de un modo codificado si se quiere, un mensaje universal? Podría ser una pista interesante que permita deshilvanar una experiencia aparentemente particular en una herencia para el mundo. ¿Qué sería lo universal entonces, lo humano? ¿La trascendencia de los recuerdos en la vida humana? ¿La construcción del sujeto sobre la base de su pasado, de su experiencia, de su memoria?

Si conviniéramos que este relato es una representación del valor[5] de la memoria. Ya hemos señalado que Funes es retratado como una persona que aún teniendo un don maravilloso, éste parece ser utilizado de manera insensata y, por tanto, inservible. El hablante se refiere a él así: “sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, es abstraer” (126). Más adelante se dice que era incapaz de concebir o captar ideas generales, platónicas. ¿Esta declaración, no es acaso en sí misma, una antípoda a lo universal y, por ende, específica, ancilar? Adicionalmente, Funes posee una capacidad de almacenar información tan poderosa que ni siquiera se le hace necesario anotar. El narrador dice: “No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podría borrársele” (124). Vale decir, si este personaje no escribe, su producto es pensamiento puro. ¿Cómo entonces calificar un relato que trata de la pureza del pensamiento, antes de la escritura física[6], que se fundamenta en la existencia, en todos sus planos, de los recuerdos? Cuando aún más, el propio protagonista considera que su situación postrada es un “precio mínimo” a pagar por la maravilla de su memoria.

Como ya he señalado, si bien el narrador, quien relata la historia –valga la redundancia- desde sí, nos muestra una idea de memoria, como un recuerdo elaborado más allá de la mera información ancilar, incluso –podríamos concluir- con un fundamento ético de evitar el olvido[7]; y en este sentido, colmado de un mensaje universal donde la memoria es parte constitutiva de la experiencia humana y, por tanto, de su naturaleza; la experiencia de Funes no podría descalificarse como tal y de plano sólo por no presentar rasgos convencionalmente humanos. De hecho, en algún momento el hablante dice: “Tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo”. ¿Será esta metáfora, entonces, una admonición a reconocer ese conocimiento que habita el interior del Hombre y que el ruido externo que hemos construido en pos del desarrollo no permite extraerlo? La imagen del perro que cambia a cada segundo o cada posición, dependiendo de donde se mire, ¿no será una expresión de ese conocimiento que es más una sabiduría vital, en la línea de Heráclito? ¿Por qué es infeliz a causa de la memoria? Hay aquí, probablemente, no numerosas, pero sí suficientes evidencias de una experiencia humana, distinta, pero también posible y legítima.

¿No es acaso la memoria un desafío ético del Hombre? Si acordáramos que sí, sería un desafío universal que debiera asumir y por tanto construir un Hombre nuevo, un soldado universal, mitad memoria, mitad presente, que lucha por un futuro de libertad. No parece trivial, ancilar, entonces, que para la representación de Funes se haya requerido de una catacresis, puesto que hasta ese momento aún no existía.

He intentado aquí, enmarcado en la teoría de Reyes, un Borges circunscrito que crea una historia, la de Funes, el memorioso, inscrita como un flujo de tres partes, en constante movimiento, transfigurándose el Hombre a través de ella.

Bibliografía

Borges, Jorge Luis. “Funes, el memorioso”. Ficciones. España: Rodesa, 2000. 115 – 126.

Borges, Jorge Luis. “Prólogo de Artificios”. Ficciones. España: Rodesa, 2000. 113 – 114.

Reyes, Alfonso. Teoría Literaria. México: Fondo de Cultura Económica, 2005.


[1] Este es un breve ensayo donde intenté aplicar la teoría literaria del maestro mexicano Alfonso Reyes al cuento “Funes, el memorioso” de su amigo Jorge Luis Borges.

[2] Esta idea es parafraseada de Valéry.

[3] En el relato Funes señala: “mi memoria, señor, es como vaciadero de basura” (120).

[4] Que bien podríamos suspicazmente inferir devela una ficción, y por tanto la eliminación, la inexistencia del -ahora- personaje, salvo en su propia creación.

[5] Valor en términos axiológicos.

[6] El pensamiento también sigue patrones escriturales.

[7] Según Todorov, uno de los flagelos aparecidos con los regímenes dictatoriales del siglo XX.

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One Comment to “Funes el memorioso, ensayo de J. Pablo Belair.”

  1. Me gustó mucho el escrito, a propósito de los estudios postcoloniales. Creo que es una perspectiva clara que incentiva la lectura no sólo de Borges sino de Reyes.

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