Historia de un cacique, cuento de Miguel de Loyola.

por gatopardo

Domingo Catrillanca llegó a Santiago por allá por la década del 60. Se vino rodando caminos sobre sus gastadas hojotas de goma de neumático desde su tierra Temuco adentro. Cruzó montes, montañas, bosques de quillayes, boldos, maquis, robles. Los ríos azules y los arroyos plateados del sur. Cielos cuajados de estrellas palpitantes. Los picachos de los volcanes recortados en el horizonte. Antiguos caminos pedregosos y arrugados por la calamina del tiempo, hasta alcanzar la superficie plana del valle central con sus espigados álamos blancos, y seguir rumbeando con su morral al hombro por entre los viñedos extendidos como una red, entre la cordillera y el mar, buscando algún trabajo que no encontró y tuvo que seguir siempre adelante, hasta la misma capital del país, pero ya sin ninguna reserva en el bolsillo ni en su morral para calmar el hambre que comenzaba a devorarle las tripas y los sueños de comenzar una vida definitivamente mejor en otra parte.

Sin embargo, un camión colorado cargado con la misericordia de los campos lo recogió una noche solitaria en Rengo, y lo llevó una madrugada directo a la Vega Central de Santiago. Allí pagó el trayecto descargando el camión con sus musculosos brazos de guerrero antiguo y cobró inmediata fama por su fuerza y su aguante. La carga de cientos de cajones de manzanas la puso en la bodega en menos del tiempo ocupado por cuatro cargadores juntos.    

Después, esa misma mañana, recorrió las grandes bodegas, esos enormes galpones de frutos del país alineados a lo largo de avenida La Paz buscando empleo, y se lo dieron quienes lo vieron descargar el camión de manzanas con la misma fuerza con que sus antepasados resistieron la esclavitud y la conquista durante siglos. Cuando llegó la noche de aquel día largo, se encontró agotado, pero con un buen puñado de billetes en el bolsillo que alegraron su alma y le dieron esperanza de rehacer su vida de hombre errante en esa ciudad desconocida, fundada a sangre y fuego durante la conquista. 

Domingo Catrillanca pasó así su primera noche recomendado en una pensión existente en un conventillo de la calle Olivos, y al día siguiente, a las cinco de la mañana estaba otra vez frente a las bodegas de avenida La Paz a la espera de los camiones que, como elefantes africanos, colorados y amarillos, llegaban en manada a Santiago provenientes de las chacras más cercanas, cargados de hortalizas y granos para abastecer los distintos mercados de  la ciudad. 

No llevaba todavía una semana trabajando cuando ya lo conocían todos como Caupolicán, por su musculatura de gladiador y su fuerza de toro de arrastre. Los camiones más grandes los dejaban en sus manos para la descarga. El primer mes de trabajo, Domingo Catrillanca escondía bajo el colchón de la pensión un grueso fajo de billetes ganado con el sudor de esos brazos de metal puro y bruñido por el oro del sol de noviembre, pero una mujer que metió en su cuarto en una noche de lujuria, consideró que correspondía al valor de los servicios prestados, y al día siguiente, mientras Caupolicán salía a su trabajo, se llevó aquel fajo en la cartera para sus gastos.

Tiempo después, huyendo de la mala suerte que había comenzado a visitarlo, se cambió de pensión y se fue a vivir a otra que tenía un mejor colchón y un tacho más generoso para el desayuno. Los veguinos le aseguraban que con su fuerza de titán podría vencer el mundo, derrumbando la pobreza de un solo puñetazo. Caupolicán comenzó entonces a creerlo, a inflar su alma de sueños de grandeza y porvenires esplendorosos, dadas las múltiples ofertas de trabajo halladas a su paso por las calles de la Vega Central, por donde pululaba también al unísono,  un submundo cargado de ebrios y vagabundos, mujeres oscuras, y hombres ladrones y mentirosos.  

Domingo venía huyendo de su pueblo Temuco adentro, después de dejar a sus hermanos arreglándoselas con esas tierras de la discordia y del hambre. Porque después de morir su padre, su hermano mayor se había apoderado del rancho y de la tierra apelando a leyes ancestrales. Por eso abandonó sus volcanes nativos y esas lluvias torrenciales que malograban las cosechas cuando más se necesitaban. Venía huyendo de otra guerra, y también del veneno del alcohol que seguía matando uno por uno a sus compañeros de sangre.

Sin embargo, a pesar de su fama de gladiador invencible, en Santiago  nunca nadie le hizo un contrato y pasó sus años al día, igual que las aves en el campo. Nutriéndose del diario alimento recibido por las descargas de toneladas de cajas de frutos del país. Sumas de dinero oscilantes de acuerdo a la oferta y la demanda, a la generosidad del patrón, pero nunca excedían el valor promedio dentro del mercado, debido a lo cual poco podía ahorrar después de saldar sus gastos de subsistencia. 

Caupolicán no tuvo suerte por ahí con otra mujer que conoció en el mercado donde regularmente se nutría el estómago a la hora de almuerzo, y por ese orificio abierto en el alma comenzó a entrarle poco a poco la desgracia. Sus colegas quisieron curarle las heridas de amor con el mismo vino con que ellos lavaban las suyas, y aunque al principio Domingo Catrillanca tuvo la fuerza suficiente para mantenerse al margen, en su soledad, poco a poco fue cediendo la defensa de su musculatura aguerrida. Después de cada jornada de duro trabajo, en vez de acudir al mercado por un caldo de cabeza y unos porotos con rienda y longaniza, Caupolicán salía detrás de sus compinches de faena en dirección a la cantina que daba cobijo a los desamparados del alma.

Al principio su cuerpo de Hércules nativo y su cabeza lúcida, descendiente de nobles caciques araucanos se mantenía incólume frente a las fuerzas del alcohol, pero con los años fue perdiendo resistencia lo mismo que esos viejos toneles de roble cuando se pasan de vino y comienzan a derramarlo por las rendijas.

Para colmo, se buscó por ahí otra hembra que terminó por partirle el corazón con el hachazo de la infidelidad y esta vez el enfermo no tuvo recuperación. Se internó en las cantinas más oscuras y pestilentes dela Vega Central, verdaderos antros de perdición, donde reinaban reyes ebrios distribuidos en mesas solitarias. Allí, en una gresca en la que salió finalmente vencedor, una profunda herida de cuchillo quedaría en su pierna derecha como recuerdo.  

  Así poco a poco, como un gran barco que llega a puerto, Caupolicán comenzó a perder las fuerzas, y con ello los mejores camiones. De todos esos buenos hombres dueños de bodegas, sólo le tendió una mano un tal Alejandro quien lo autorizó para que viviera en su bodega en calidad de cuidador, ya que el viejo cacique araucano no tenía donde pernoctar y pasaba algunas noches junto a otros cargadores a la intemperie bajo los puentes del Mapocho. Los demás le cerraron las puertas y no volvió a encontrar trabajo como cargador. La llegada de las grúas horquilla  a la Vega Central dicen que también contribuyó en su miseria y cesantía y en la de muchos otros cargadores que corrieron una suerte semejante.

Años después, por un mal negocio o por causa de una de las tantas crisis que enfrenta el comercio, se cerró la bodega de don Alejandro y el cacique quedó en la calle, sin techo ni covacha donde estirar los huesos por la noche. Aunque sus amigos cargadores lo asilaron otra vez en la calle, bajo los puentes del río, Caupolicán comenzó a morir poco a poco. Por causa de la herida de la pierna y las del corazón, apenas podía moverse, ya no podía servir de cargador ni a los pequeños comerciantes que llegaban por las mañanas de compra a la Vega Centra la surtir sus negocios. A Caupolicán no le quedó más que ponerse a cuidar las camionetas, premunido del mismo bastón usado para moverse de un lado otro. En esa actividad se mantuvo algunos años en la calle Salas, entre Artesanos y Lope de Bello. Allí también, sentado sobre un destartalado cajón manzanero, contaba de vez en cuando su pasado de grandeza como gran cacique dela Vega Central. Aunque pocos daban crédito a sus cuentos al ver convertido su esqueleto en un guiñapo de huesos viejos, roídos por el hambre y la falta de limpieza. Quienes más de alguna vez oímos sus historias por estacionar en aquel sector de la Vega, supimos que una vez muerto, sus hermanos de sangre se le llevaron otra vez Temuco adentro.

 

***** Del libro Esa Vieja nostalgia,2010. Miguel de Loyola.

One Comment to “Historia de un cacique, cuento de Miguel de Loyola.”

  1. Un relato claro, humano, interesante, con un personaje fácil de identificar por todos los que hemos rondado de una forma u otra, los mundillos descritos por el autor. Las abundantes descripciones, con un lenguaje de cariz poético, me hacen pensar cuán equivocado está el autor cuando dice que “la poesía no se le da”. Tal vez no “se le de” en la forma tradicional, pero la tiene en la mirada y la transmite sin ningún aspaviento.

    Saludos…………..

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