Sobre las diversas marchas de una creciente diversidad marchante

por Amanda Espejo


“Marcha, marcha, queremos marcha, marcha
Marcha, marcha, queremos marcha, marcha
Marcha, marcha, queremos marcha, marcha
Marcha, marcha, queremos marcha, marcha”.

Tal como el estribillo de esta rumba catalana interpretada por Rosario Flores, durante este último tiempo, nuestro querido país se ha vuelto remecido de punta a punta y hacia los cuatro puntos cardinales por una verdadera fiebre de marchas ciudadanas por distintos motivos, todos ellos ligados a la diversidad de ideas, metas y aspiraciones.

Qué hermosa palabra es aquella: DIVERSIDAD, y qué bien llena la boca de cualquier ser humano, resaltando con ello su espíritu de tolerancia humanística. No hay nadie – me atrevo a decir – que no se sienta llevado a desplegar ese hermoso vocablo en aras del bien común y de la aprobación general. Es así, como en un corto lapso de tiempo hemos visto desplegarse un vistoso abanico de “marchantes” por nuestras principales alamedas, llenando al aire con sus esperanzadoras voces y justa demanda por tal o cual problema en particular.
Se han sucedido en indistinto orden:
Los manifestantes en contra de Hidroaysen. ¡ Y qué bien que marchen!.
Los adalides a favor de los pueblos originarios. ¡ Y qué bien que marchen!
Los voceros de las minorías sexuales. ¡ Y qué bien que marchen!
Los enemigos de la violencia de género. ¡ Y qué bien que marchen!
Los amigos de los animales. ¡ Y qué bien que marchen!
Y, finalmente, los estudiantes y profesorado que exigen una educación de mejor calidad, sin fines de lucro. Y con mayor razón…¡qué bien que lo hagan!

Todas estas marchas, a diferencia de lo que se pudiese pensar de una marchas uniformadas, con armamento y al ritmo de los timbales, no tienen nada de temer por el resto de la ciudadanía, o por lo menos, esa debiera ser la premisa que guíe cada una de estas manifestaciones. La marcha ciudadana tiene por objeto aunar fuerzas para levantar la voz en pos de un bien común, expresando una solicitud que, de una u otra forma, ha de beneficiar a un número no menor de implicados por cada tema. Podríamos definirlos entonces, como unos “buenos marchantes”. Y si reparamos en alguno de los verdaderos carnavales en que devienen muchas de estos encuentros, ciertamente, no podríamos dudar del espíritu de diversidad que impulsa su entusiasta actuar. Sin embargo, toda moneda tiene dos caras y no existe lado A que no tenga versus B.

Nuestra raza, mezcla de rapaz aventurero español y empecinado mapuche, se distingue, principalmente, por ostentar sin miramientos ni vergüenza el apelativo de “chapa de dos caras”, o de actuar con “doble standar”; ser “acomodaticio” , es decir, estar donde “el sol calienta” y cambiar el verso de su discurso según la ocasión lo amerite.

Muestra de ello es lo que vemos y/o escuchamos a diario en un sinfín de escenarios: basta que algunos de los conceptos defendidos “a concho” interfieran con nuestros propósitos o tan sólo con nuestra estructurada tranquilidad cotidiana, para que la diversidad de pensamiento abandone rápidamente nuestra boca y emerja el energúmeno(a) que todos llevamos dentro con su larga lengua viperina que no perdona causa, bandera ni sujeto, adosando a capricho el predicado que la molestia le dicte en ese instante:

Nuestro “hermano de pueblo originario”, en un “dos por tres”, pasa a ser un “indio de mierda”.
La mujer golpeada y hasta abusada, sin duda puede ser “una tonta que se lo buscó”.
El “travestí” de la esquina, un “marica degenerado”.
El excesivo aumento de perros callejeros, sin duda, una plaga a eliminar.
El problema de las represas sin duda pasará a segundo, tercer, cuarto lugar desde el momento que los cortes de luz amenacen con quitarnos toda la comodidad que nos reporta la tecnología en base a la necesaria energía.
Aún más extremo: si se trata de política, existe tanta polarización, que el oponente tiene que ser un “comunacho – upeliento”, o un “momio – fascista”. Ambas categorías califican para ser exterminados de la faz del planeta por su contrario.

No hay caso con este caso….y me atrevo a decir que en esto tiene mucho que ver el poco peso (o fondo) que le otorgamos a la palabra DIVERSIDAD; si no fuese así, nos daríamos cuenta de que nuestros derechos acaban cuando interfieren o mellan el derecho del “otro”. No hay una verdad absoluta. No puede haberla porque estamos diseñados como seres originales, dueños de una singularidad que nos hace únicos y respetables, pero no los “amos del mundo” ni los “dueños del conocimiento”. Somos, sobre todo, diversos, y hemos de aceptarlo y alegrarnos de lo que nos puede llegar a enriquecer el interactuar con el resto de seres humanos. Para ello, hemos de comenzar respetando los espacios. Esta recomendación, humildemente, quisiera hacerla a todos los “marchantes” de una u otra causa. Nuestras calles, plazas, ciudades, no son campos de batalla ni aniquilamiento del que piensa distinto, sino, lugares de expresión sana, de propuestas amplias y prestas a debatirse con altura de miras. No ha de ser la lacrimógena, ni el piedrazo, ni la barricada ni la bomba lo que logre superar de fondo la problemática actual. Lo que se impone al resto por la fuerza sólo suscita más impotencia e ira interior, indistintamente del polo del que se mire.

Quisiera pensar (o tan sólo soñar), que llegará el tiempo en que los “marchantes” marcharán alegres sólo por el placer de hacerlo y de compartir su alegría bajo un espectro de real diversidad que, sin duda, a de hacer que suenen más gratos y ciertos los cantos, vivas y aplausos de unos seres humanos en vías de una verdadera evolución.

Amanda Espejo
Agosto – 2011/ Quilicura / Chile

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2 comentarios to “Sobre las diversas marchas de una creciente diversidad marchante”

  1. Querida Patricia: tal como lo hablamos ayer, cumplo con darte mi punto de vista sobre temas contingentes. Igualmente, espero tu amable cooperación para la opción de “leer más” que aún no logro descifrar.

    Un abrazo.

  2. Me parece un comentario muy atingente, Amanda. La diversidad es la problemática de la llamada posmodernidad. Una diversidad que se impone día a día por sobre los colectivismos ideológicos del pasado.

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