El Nacimiento, María Elena Gordillo

por Patricia Gomez

Cuando estuve en Tuxla imartí un taller literario, en él me llevé la grata sorpresa de encontrarme con gente ávida de escribir, de contar, de decir cosas, cosas que pasan a diario cosas que ocurrieron en su vida. Parte de ese grupo estaba formado por tres jovencitas que tomaban taller con una preciada amiga y gran poeta, Socorro Trejo y que grata sorpresa me llevé, estaban un tanto nerviosas pero las letras fluían vivas y llenas de garra. Me gustó lo que leí, me gustó lo que sentí. Hoy en la mañana encontré en mi correo este cuento y mi día se hizo aún más bello. COmparto con ustedes este hermoso y bien logrado trabajo.

EL NACIMIENTO, DE MARIA ELENA GORDILLO

En Comitán, los días decembrinos eran largos, letárgicos.  Tenías que irte a la cama lo más temprano posible para acortar el tiempo y no desesperar. En esos días, lo que en otras circunstancias a una orden de mamá o la abuela hubiera sido una catástrofe; ahora se acataba sin chistar, y de no ser porque no estaba permitido, hubiéramos pasado dormitando todo el día.

        ¡Que desesperación!.

De repente entre cerrar los ojos y el café de la abuela, fueron pasando los días hasta llegar a la fecha soñada, el día más esperado. Sin embargo, el reloj pausaba las horas en tono de burla y parecía que el sol hacía triquiñuelas con la luna, orientando sus rayos a polos opuestos para hacernos rabiar al postergar el día.

Por fin el cansancio vencía al entusiasmo y caíamos en un profundo sueño.

De pronto, todo empezaba a cambiar. Rayos tenues de un brillo imperceptible, iban trasponiendo la oscuridad.

Le hubiera parecido a cualquiera un día normal: friolento aunque con cielo despejado, un hermoso lienzo azul con apenas unas pinceladas níveas por doquier; con aroma cálido, especial en los días de invierno.

Días  insomnes en casas bulliciosas, enfiestadas.

Al asomarse el sol, el hechizo nocturno se  rompía y dos diablillos saltaban de la  cama; brincaban obstáculos peligrosísimos para asomar las narices y presentarse al día. Los pájaros canturreaban en el limonero, las nubes corrían a esconderse tras  las montañas, las flores aspiraban el rocío  y el tan tan del campanario de la iglesia, llamaba a misa.

El aroma del café en la cocina y la visita a la iglesia de mamá, tía y la abuela, aplazaban un poco el momento anhelado.

En cada sorbo de café, en cada mordisco de pan, la mente se remontaba a espacios lejanos: bosques de pino alfombrado de musgos, árboles ataviados con hilos plateados, caminos terregosos, resbaladizos, serpenteantes.

Al regresar de misa, las señoras de la casa no tenían en mente lo que con tanta impaciencia esperaban los chiquillos y se disponían diligentemente a realizar  sus quehaceres cotidianos.

¡A que diablillos!,  iban, venían, saltaban, gritaban volviendo loco a todo el mundo.

-¡Mami, podemos ir ya a Junchavín!, le digo a mi papá?

-Ándale tía no seas malita.

– ¡Bueno niños!, que no creen que es demasiado temprano; además hay que hacer el desayuno, barrer el patio…

-Te ayudamos tía, además abuelita ya nos dio café con pan.

-Si, si…siiiiiiiiiiiiiiiiii

-¡Ay niños!, si con trabajos alcanzan sus manitas para agarrar la escoba.

Tras el desquiciante griterío, una respuesta contundente.

– ¡Está biennnnn!, vayan por la escoba y el recogedor para barrer el patio.

_¡yupi!

Realmente era un respiro para todos tenernos entretenidos en algo, pero verdaderamente más tardaba el recorrido de traer los implementos de limpieza, que la rapidez en que el patio quedaba reluciente –bueno, en el caso de que tía lo viera con ojos de: el intento se hizo y con tal de que no molesten.

_Ya má?

_Tía yaaaa?

No podía ser más enloquecedor ver a dos chiquillos saltar como ranas alrededor de tía, jalándole el mandil, gritando como dos chiflados. Era de esperarse que la sensatez se desplomara y después de unas cuántas palabrotas (que por respeto a los lectores no serán mencionadas), tía lanzara un profundo respiro y…

_ ¡Niñosss! está bien, díganle a Tío Gil que ya vamos a ir a Junchavín a cortar las ramas para el nacimiento.

Los niños corrían a cumplir el encargo más rápido de lo que canta un gallo, pero no bien se habían desplazado unos cuantos centímetros, cuando…

_¡Ey ey ey!,  primero tienen que ir a cambiarse, ni crean que voy a llevarlos con esas fachas.

A regañadientes y como soldaditos, desfilábamos al cuarto a cambiarnos

Podía verse en sus rostros refulgentes, la chispa que solo se conseguía en las vísperas de navidad. Felices, como si les fuera la vida en ese pequeño ritual que cada Diciembre repetían con tanta religiosidad. No existía nada que impidiera su partida al bosque mágico, al cerro fantástico que se erguía imponente ante sus ojos límpidos, curiosos, sorprendidos.

Era un mundo aparte. Desde que nuestros diminutos piececillos tocaban la tierra de ese bosque impresionante, nos convertíamos en magos, en duendes, soldados, en osos, en tigres, marcianos, en enanos, en príncipes y princesas.

Tras la conversión de personajes de fantasía, no se olvidaba el motivo de la escalada al cerro de Junchavín, “cortar las ramas, recoger piñitas, buscar musgo que había de servir para dar al nacimiento un contraste real de tapiz de campo y bajar de las ramas de los árboles el heno que serviría de cuna al niño Dios.

Una vez que se habían librado batallas en el espacio, rescatado princesas, peleado en la guerra de los gnomos y convertido en ranas a las piedras, a la voz enérgica de tía, que antes ya había sonado como “¡bájense de ahí que se caen!, ¡no corran que resbalarán!, ¡ya vez por no obedecer, ya te golpeaste!…ahora se escuchaba…

–        ¡ya vámonos niños a la casa!, ya hemos recolectado suficientes ramas como para un nacimiento del tamaño del mundo.

Tras lo que se oía un…

–        Otro ratito, si

–        Siiiiiiiiiiiiiiiiii

Y enseguida como un rayo…

–        No, no no no no…vámonos vámonos vámonos.

A regañadientes y con un gesto de molestia, con las espadas en la mano y el sistema planetario en los bolsillos, desfilábamos acongojados.

En el trayecto a casa había desaparecido el gesto adusto y los pucheros se habían esfumado.

La algarabía volvía a armonizar con su cara inquieta y apresurábamos a bajarnos del coche. Acomedidos corríamos a la cajuela para bajar todo lo que noblemente el bosque nos había donado.

Una triste desazón nos esperaba al traspasar el umbral, un nuevo pretexto de los adultos para posponer nuestro momento: “la hora de la comida”.

Aún cuando podíamos estar en ayuno todo el día, un crujir intenso en el estómago, dejaba al descubierto nuestro estado de vulnerabilidad… se había revelado… que teníamos hambre.

Tras la comida, el lavado de los trastes, la siesta y demás circunstancias que seguían posponiendo nuestro momento: “la construcción del nacimiento”.

Después de tanta espera, al fin algo importante salía de la boca de las señoras.

–        A ver niños, vamos a hacer el nacimiento.

–        ¡Hurra!

–        ¡Bravo!

El ritual daba comienzo.

El nacimiento se ubicaba en una esquina dentro del espacio de la sala. Todo era movimiento, y en el jolgorio se entrelazaban sonrisas, gente entrando y saliendo de casa, visitas inesperadas, planes y proyectos para el día de navidad.

Con la ayuda de Tío Gil, se disponían las ramas de forma que pudieran semejar una pequeña cueva. Cuando éstas estaban dispuestas, enseguida se buscaba una pequeña mesa o algún accesorio que pudiera recrear una pequeña montaña que sería recubierta con el heno que se había recolectado en Junchavín.

En las faldas de la montaña, se colocaba el musgo que había de simular el pasto donde los pastores bajarían a apacentar a sus borregos.

Desde el momento en que se daban los últimos retoques a la estructura del nacimiento, para entonces ya se habían bajado del tapanco, las cajas en las que se conservaban las figurillas que le adornarían.

Se descubrían las cajas cargadas de polvo y recuerdos de antaño. Cajas metálicas de color amarillo. Dentro, para mantener en buen estado las figurillas, se envolvían en papel periódico, además de un algodón de colores: azul, rosa; los cuales amortiguaban los golpes que pudieran presentarse en la travesía.

Pastoras, pastores, borregos, patos, peces, gallinas, asnos cargados  de víveres desfilaban por nuestras manos, con cuidado se iban colocando en un espacio del nacimiento, no sin antes cargar el ambiente de gritos como:

–        ¡Me toca a mí!

–        ¡No, a mí!

–        ¡A ti ya te tocaron los borregos!

–        …

Cuando todas las figurillas se habían colocado en el espacio  apropiado; del ropero de Tía se bajaban dos de los personajes más importantes en esa puesta en escena: “San José y la Virgen María”. Con sumo cuidado eran situados en lo alto de la montaña: a la izquierda “San José”, a la derecha “María”, dejando únicamente el nicho que habría de abrigar al “Niño Dios”; que en este caso eran “Niños”, pues habían dos familias en casa y cada una traía él, o los suyos.

No podía faltar el brillo, la luz que daría al nacimiento una atmósfera de bienestar, de triunfo, algarabía, de optimismo. Una especie de embriaguez que duraba hasta después de los primeros seis días del año venidero.

Las luces en serie entrelazadas entre el ramaje, semejaban luceros, destellos amalgamados en los ojos de dos niños ¡felices!.

No podían faltar las esferas, con formas de pino o redondas y coloridas, ah! y las campanas en tonos brillantes con su tin tan todo el tiempo.

Una vez concluidos los trabajos de construcción  y decoración, nuevamente los chicos parecían convertirse en chapulines, daban de brincos, aplaudían,  al sentirse satisfechos de su obra.

En el mismo momento de brincos, aplausos y demás muestras de algarabía, se gestaba en una de las habitaciones contiguas a la sala, como si fuera la desactivación de un artefacto explosivo y con suma cautela, la desarticulación de la bombilla que había dado cabida y resguardo a lo largo del año que expiraba, a los niños Dios.

Una gran burbuja que contenía dos pequeños niños arropados con  atuendos  minuciosamente elaborados con telas brillantes y encajes; que para efecto de una nueva representación, tendrían que despojarse de sus ropajes.

Con gran cuidado eran colocados lo niños en una pequeña charola plateada, no sin antes acondicionarla cómodamente, considerando la  importancia de sus ocupantes.

Para entonces, los personajes de esta historia nos habíamos convertido en espectadores, pues teníamos prohibido acercarnos a los niños hasta que llegara el momento del apadrinamiento,  y pudiéramos peregrinar de casa de mi madre a casa de Tía para dar paso al Nacimiento del Niño Jesús, pero eso… es otra historia.

María Elena Gordillo Gordillo
Nacida en Comitán de Domínguez Chiapas
el 25 de Agosto de año de 1968

 

Jun Chavin Ine (Primer Guardián)
en lengua Maya Tojolabal

 

 

 

 

 

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