DE CÓMO CONOCÍ A EVANGELINA ELIZONDO

por gatopardo

Manuel Peña Muñoz

Todas las tardes, después de almuerzo, mi tío Héctor me invitaba a acompañarlo al cine del pueblo porque trabajaba allí como proyeccionista. En aquellas vacaciones en Talagante no había mucho que hacer en las inmediaciones de la enorme casa familiar donde veraneábamos. Las tardes transcurrían monótonas en medio de sauces y esteros, de modo que el mejor panorama era acompañar a este tío, pues era pretexto para pasar toda la tarde viendo películas.

Cuando llegábamos al Teatro Plaza, yo miraba las fotografías exhibidas en la entrada para ver qué películas proyectaban esa tarde. Por lo general eran películas mexicanas o argentinas, protagonizadas por Jorge Negrete o Libertad Lamarque. También pasaban muchas de terror protagonizadas por Vincent Price o Peter Lorre como La fosa y el péndulo, Museo de Cera o La pavorosa Casa Usher. Luego de atravesar el hall embaldosado y de saludar a la boletara, entrábamos ese recinto cerrado en donde estaban las enormes máquinas proyectoras. Mi tío Héctor sacaba las películas de unas enormes latas cilíndricas y con mucho cuidado las ajustaba a los complicados engranajes. Por un pequeño cuadrado abierto en la pared, mirábamos si habían llegado algunos campesinos a sentarse a las viejas butacas de terciopelo rojo muy gastado por el tiempo. Por lo general, en esa primera función casi no había público, pero a medida que avanzaba la tarde, solían llegar algunos espectadores más. Cuando se apagaban las luces y empezaban los noticiarios, mi tío Héctor me hacía pasar a la platea. Era ese un momento muy privilegiado para mí, pues tenía la agradable sensación de entrar al cine sin pagar la entrada y sentarme donde yo quisiera, sin necesidad de entregar la entrada al acomodador.

De inmediato, me sumergía en aquellas historias que me fascinaban. Podía estar toda la tarde en aquella sala de cine, viendo hasta dos y tres películas. Como la mayoría de ellas eran mexicanas, me empecé a familiarizar con las actrices y actores de México. Sabía quienes eran María Félix, Dolores del Río, María Antonieta Ponds, Luis Aguilar, Tin Tan, Miguel Aceves Mejías y especialmente Evangelina Elizondo, una actriz en quien empecé a fijarme, pues aparecía a menudo en aquellas viejas películas como Música, espuelas y amor y No me platiques más. Su rostro tan especial, su nariz levemente respingada, su pelo rubio y su sonrisa, me encantaban. Me parecía tan familiar, como si la conociese de siempre o como si fuese una prima simpática que actuase en las películas.

En esos años, en México se estilaban también las películas de terror, así que en aquella sala de cine vi El castillo de los monstruos con Evangelina Elizondo y un actor cómico mexicano llamado Clavillazo. En aquella película, mi actriz favorita cantaba “De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera”, cosa que me parecía insólita.

Cuando regresé de aquellas vacaciones a Valparaíso, mis padres estaban muy sorprendidos al verme recortar el rostro de aquella actriz mexicana que nadie conocía y pegarlo en un gran álbum de recortes. Aquella mujer empezó a llenar las páginas de mis cuadernos y de mis libros. Abría el cajón de mi velador y allí salían sus páginas desdobladas que yo recortaba de la revista de cine Ecran. Claro que me costaba mucho encontrar sus noticias porque no era una actriz muy renombrada, al menos en Chile, pero siempre mi ojo avizor encontraba una fotografía suya en traje de baño, una referencia o un fotograma de una película antigua.

Ese mismo año 1962, fue el Campeonato Mundial de Fútbol en Chile. Yo no estaba interesado en el deporte, pero me sorprendí mucho cuando leí en una noticia del diario en la que se mencionaba a mi actriz favorita. Decía que Evangelina Elizondo venía a Chile acompañando a la delegación mexicana, lo que era normal porque siempre en las películas, mi actriz aparecería cantando en números musicales con deportistas. Sin embargo, apenas la prensa se refería a ella. Solo la mencionaban en unas discretas líneas, pues todo el artículo era de alabanza al profesionalismo de los deportistas mexicanos, pero nada añadían respecto de la mujer que los acompañaba. Me parecía injusto.

Al desconcierto de mis padres por mi súbito interés en el cine mexicano, se sumaba ahora su desorientación al verme atraído por el fútbol. Yo, todos los días leía las noticias relativas a los partidos en los que jugaba México por si en algún párrafo mencionaban a Evangelina Elizondo o por si aparecía quizás asomada en una fotografía de grupo, posando junto a un futbolista o apoyada en un arco con su clásica sonrisa, pero nunca más volvió a aparecer en la prensa.

Mientras en la casa todos seguían los acontecimientos deportivos, apegados a la radio, interesados por los equipos de Chile o España, yo estaba solamente pendiente de México, para intriga y sorpresa de todos. ¿Qué interés podía tener yo en el equipo mexicano de fútbol?

Días más tarde, se anunciaba que México jugaba con Brasil en el estadio del puerto. Los jugadores vendrían en buses desde la capital para hospedarse en el Hotel Miramar de Viña del Mar. Y con ellos, venía también la actriz de cine azteca. No le dije nada a nadie y ese día, la tarde del partido, fui muy temprano al hotel para ver salir ala delegación. Estabaseguro que vería en persona a mi actriz favorita.

Cuando llegué, todos los jardines de Caleta Abarca que rodeaban el hotel estaban llenos de gente con lienzos alusivos al equipo mexicano prediciendo el triunfo y gritando:

–¡Mé-xi-co…! ¡Mé-xi-co…!

En esos años, la relación de Chile con México era muy intensa, debido al cine azteca que se exhibía en salas especiales y a las rancheras que todo el pueblo entonaba y se sabía de memoria, de modo que era natural ese entusiasmo por apoyar a ese equipo y no al brasilero.

Por fin los futbolistas mexicanos salieron uno a uno por la puerta giratoria, trotando en fila india en dirección al bus y saludando con los brazos en alto. Los hinchas se volvieron locos, gritando también enfurecidos, vitoreándolos y aplaudiéndolos.

–¡Mé-xi-co…! ¡Mé-xi-co…!

Cuando subieron los deportistas y sus admiradores rodeaban el bus, volvió a girar la dorada puerta del hotel y por ella salió una mujer solitaria, muy elegante, de tacones altos, que llevaba la mitad del pelo negro y la otra, rubia, en degradé. ¡Era ella! ¡Evangelina Elizondo!

Se quedó un momento en medio del viento, pestañeando como un hada desorientada. Luego sacó un pañuelo de seda y se lo puso enla cabeza. Nadiela había reconocido. Solamente yo, que me dirigí hacia ella, muy nervioso, aprovechando la oportunidad única que me deparaba la vida.

–¿Es usted Evangelina Elizondo?

Muy sorprendida, se subió los anteojos para el sol.

–Sí, efectivamente –respondió confundida, mientras el bus tocaba la bocina. Erala misma voz de La Cenicienta, porque ella había doblado en español las canciones de la película de Walt Disney que habíamos visto en el Teatro Metro de Valparaíso en el año 1958.

–Soy un admirador suyo –le dije–. La he visto en México lindo y querido y en Tres Balas Perdidas con Rosita Quintana. Y también en Tropicana, cuando usted baila un mambo con tacos altos arriba de un piano. Tengo todas las fotos de la obra de teatro Treinta segundos de amor en la que usted era la protagonista. Mire. En esta foto aparece con Arturo de Córdoba. También reconocí su voz en la película La Cenicienta.

No lo podía creer. En todo Chile, yo era el único que la había reconocido.

Evangelina me sonrió amablemente y se dio tiempo para tomar en sus manos aquel álbum de recortes donde salía ella en traje de baño Catalina o vestida de fiesta en diferentes películas.

–¡Increíble! –exclamó–. ¡Ni yo tengo estas fotos!

El bus volvió a tocar la bocina. Nerviosa, Evangelina escribió simplemente: “Para Manuel, un niño admirador chileno, Viña del Mar, 1962”. Enseguida escribió: Evangelina Elizondo, con unas letras entrelazadas sobre el cielo de la página y utilizando la misma letra e para el nombre y el apellido. Luego, inclinándose muy amablemente, me dio un beso.

–Gracias –le dije, apenas en un susurro.

Pronto se fue, abriéndose paso entre la multitud que, enfebrecida y completamente ignorante de quién era aquella misteriosa mujer, seguía gritando:

–¡Mé-xi-co…! ¡Mé-xi-co!

Yo me quedé lejos del grupo, hasta que el bus se puso en marcha. Entonces los lienzos se alzaron agitándose por el triunfo seguro del equipo mexicano. Los jugadores se asomaron a las ventanillas haciendo señas, pero una sola mano femenina se asomó discretamente con un pañuelo blanco. Era la mano de Evangelina, la mano dela Cenicienta. Enmedio de la tarde, yo sabía que aquella seña era para mí. Alcé también mi mano. Luego me quedé un momento más, abrazado a mi álbum, en medio del viento, hasta que el bus se perdió de vista.

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